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Carlos Jacanamijoy
Carlos Jacanamijoy - Confluencias - Galería Duque Arango

Carlos Jacanamijoy

Confluencias

Carlos Jacanamijoy: Una pintura cósmica

En las obras de Jacanamijoy, el espectador tiende a proyectar explosiones estelares, mundos distantes en expansión, lugares encantados, jardines radiantes poblados de soles incandescentes, florestas fantásticas, fuentes surgentes, colores desbordados de las formas. Todo un mundo primigenio que, según teorizara Aldous Huxley en Las puertas de la percepción, el cerebro se encargaría de bloquear mediante la razón para desconectarnos de esa totalidad cósmica y permitirnos sobrevivir en este limitado mundo cotidiano. Ciertas creencias y experiencias aparecen en religiones y cosmologías de todo el mundo, tanto en Siberia como en Sudamérica, y no pueden ser explicadas más que por el funcionamiento nervioso universal humano que ha permanecido constante desde el paleolítico superior.

Jacanamijoy, artista proveniente de una comunidad indígena colombiana, la de los Ingas, nutrido por una cultura poblada por concepciones míticas y cosmológicas, se encuentra en las mejores condiciones para eludir el cerco racionalista de la cultura occidental ya que, más allá de su formación en las modernas academias de arte, vale recordar la fortaleza de sus raíces al punto que su padre es chaman entre su pueblo. Y este no es un detalle menor: es sabido que en muchas sociedades, los chamanes y los místicos son quienes –en última instancia– revelan la naturaleza del cosmos. Y las artes plásticas, tanto como la literatura, se muestran particularmente aptas para transferir visualmente experiencias tales como la visión de objetos geométricos, la sensación de flotar o volar, el pasaje a través de túneles, las transformaciones de una cosa en otra, o en formas animales (de humano a pulpo o tiburón, como en Los Cantos de Maldoror de Isidore Ducasse, el falso Conde de Lautréamont, nacido en Montevideo). No es ajeno a ello que la base expresiva de las obras de Jacanamijoy se encuentre preferentemente en el lenguaje surrealista a medio camino entre la vigilia y el sueño. Artistas como Max Ernst, Salvador Dalí y René Magritte han sucumbido a este impulso. A los chamanes, se sabe, les es concedida la virtualidad del vuelo a otro mundo más elevado, o un descenso a las profundidades de la tierra. Con posterioridad, los miembros de la tribu experimentarían la necesidad de “fijar” las intensas imágenes y visiones de tales viajes en las paredes de las cavernas. Un filme de Werner Herzog, La cueva de los sueños olvidados (la de Chauvet), cuyas pinturas parietales datan de 32.000 años, lo documenta. De hecho, las paredes de la caverna, para los primitivos, así como los lienzos para los artistas contemporáneos, cumplen una y la misma función: constituirse en el soporte para una cosmovisión.

Jacanamijoy investiga una manera pictórica hábil para explorar el mundo cultural y genéticamente suyo, que sigue siendo terra incógnita para el occidente industrializado. Jacanamijoy traslada la cosmovisión de sus ancestros al lienzo, pero pintándola con el bagaje de sus conocimientos artísticos. No queda prisionero de su cultura de base sino que la integra en el movimiento general de la cultura visual de su tiempo. Varios lenguajes plásticos confluyen en su expresión. Por de pronto, en materia de cromatismo, a diferencia del color racional de Mondrian, el de Jacanamijoy constituye la parte irracional de su pintura, y se diría vecino al del expresionista Emil Nolde, pues ambos participan de la subjetivación del color y ninguno de los dos busca un esteticismo gratuito. La espacialidad onírica de sus pinturas, en cambio, está cerca de la especialidad surrealista (afín a la del chileno Matta, en especial, quien no por azar habría de ilustrar el libro del Popol Vuh de los mayas), y plantea un contrapunto entre una especialidad claroscurista estereométrica y otra colorista planista (tachista, manchista), pero más informal. También los vacíos en la espacialidad de los cuadros de Jacanamijoy resultan ser muy significativos, ya que podrían aludir a algo de la dimensión cósmica como los agujeros negros, que tal vez no estén vacíos. No pinta objetos claramente reconocibles.

Así su manera de dibujar las flores evoca a Ensor por su fosforescencia, por la manera de poner la pincelada, entre expresionista y surrealista, y trae a la memoria ciertos paisajes del primer Kandinsky, en el que las figuras aparecen danzando, anterior a su período abstracto. Las rosas que Jacanamijoy incorpora en sus pinturas pudieran leerse como las de un Magritte difuminado a la manera de Morandi, pues el realismo del belga no le alcanza para trasmitir la especificidad de la cultura de sus antepasados. Su trazo, heredero del de W. de Kooning, vía Bacon, ha de apelar a la gestualidad, tan importante para la trasmisión de ese otro mundo y tan próxima a la ritualidad mágica.

– Ángel Kalenberg