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Carlos Salas
Carlos Salas - Recuerdos suspendidos - Galería Duque Arango

Carlos Salas

Recuerdos suspendidos

Un recorrido a las antípodas

De lo que se trata aquí es de una escala en un viaje a las antípodas aún sin concluir. Su historia se va escribiendo mientras recorro los laberintos y vericuetos de este camino. Este viaje se inició en 2010 con Marcas del sentimiento, serie de obras que marcó una nueva manera de acercarme a la pintura, escarbando desde la superficie para alcanzar las profundidades, tratando de explorar el abismo que está ahí pero del que no nos percatamos sino pocas veces. El retorno a mis rutinas en el taller luego de cerrar MUNDO, el diagnostico de una leucemia, la producción de un libro sobre mi obra y la puerta que se abrió para que mi trabajo de conociera en el exterior, todo enmarcado en el proyecto de Ana de realizar un largo metraje sobre mi taller, fueron los elementos principales que dan contexto al viaje. Un viaje a las profundidades que conduce a una posible salida en las antípodas. Propongo aquí un repaso de lo que va hasta hoy de ese viaje, iniciado hace ya nueve años, a partir de fragmentos de artículos que críticos, escritores y periodistas han escrito para algunas de lasv escalas previas a esta en la galería Duque Arango de Medellín.

I. El pintor Carlos Salas: la búsqueda sin fin

Geometría que se ha vuelto sensible. Allí donde también muy claros conductores en amarillos rectángulos guían al ojo, en medio de esa conflagración apasionada. Intelletto d’amore llama a su propósito. Allí donde el orden marca la cartografía de la nada y el sentimiento trata de fugarse hacía un goce táctil en ocasiones, angustiado en otras. Ya Michel Semphor, al hablar de “la noción de arquitectura en la pintura contemporánea” lo explicó bien: la reducción a lo esencial, el despojo que puede limitarse a una vertical y una horizontal, se convierten al final en un signo que condensa una suma de ideas”. La barrera puede ser puente, el enlace, la reserva, porque en definitiva “la arquitectura no suprime el lirismo sino que lo canaliza y fortifica”.

Pero esa arquitectura de la visión no elimina superficies aparentes de objetos, sino que se hunde en las cavernas del yo, en los verdaderos ejercicios mentales de una pintura abstracta donde el artista, al igual que un arqueólogo, descubre estratos más profundos, gracias al pincel y la espátula. Mediante el desafío de rehacer, mil veces, el aparente cuadro terminado. Pintura postmortem, donde los rojos oxidados y los verdes submarinos rescatan la energía, pero a la vez terminan por seguir siendo reflexión analítica, racionalidad que busca estructurar el caos allí donde el pensamiento no es ajeno a la mancha encontrada en un buscado azar. Pintura, entonces, de fugas y texturas, de descubrimientos musicales, pero para siempre tiene detrás suyo una idea que la rige. Ella puede apelar a la ambigüedad, pero también a la sagaz observación que estampó en su momento Edgar Degas:

“Pintar un cuadro es como cometer un asesinato; es preciso tener previstas todas las coartadas.”

– Juan Gustavo Cobo Borda

II. Cartografía de la nada

Una persistente cuadricula aparece y desaparece con una marcada obsesión. A veces se hace nítida con una claridad cartesiana y otras se extingue sumida en un caos que la asfixia. Existe y persiste. Esta retícula es la ilusión de una ilustración que se disuelve. Pretende exorcizar la anarquía que la agobia, pero pierde terreno y, en ocasiones, se desvanece. Es una emotiva batalla campal que la intuición libra con la razón, superando la simplicidad antagónica de lo que Derrida llamó los “conceptos binarios”, y donde Salas acertadamente elige una compleja escena pictórica. La pintura de Salas se aleja de la figuración que exige el entendimiento con su principio de razón, y se acerca con toda la fuerza de su espíritu a la visión intuitiva de las cosas. Schopenhauer lo resume sabiamente: “El que se entrega a esta intuición no es ya individuo sino que es puro sujeto de conocimiento”.

Como intuición, la pintura de Salas abandona la objetividad de las cosas y se sumerge en la aventura de su falta de certeza. Nada está nombrado, pues el acierto de su deriva pictórica es buscar el mundo invisible donde se ocultan las cosas. A veces, centellea alguna claridad, pero el extravío y la arbitrariedad, como aliados de la esencia pictórica, no dejan que aparezca lo nombrado. Rilke lo advirtió: “Me aterra la palabra de los hombres. ¡Lo saben expresar todo tan claro!”. Salas prefiere la ruta de lo indecible por la senda perdida de lo trémulo. Aparece, entonces, el mundo que puede ser frente al mundo que es. En su lenguaje pictórico lo verosímil es más esencial que lo real. Frente a la presuntuosa claridad, la pintura de Salas se aloja en la oscura sombra que arroja. Evita el riesgo que la pintura traicione lo pensado,”

– Luis Fernando Valencia

III. Marcas del sentimiento

Hernán Sansone: El texto de Valencia está muy bueno pero yo prefiero hablar de cosas menos teóricas. Pensaba en tus rutinas y tu oficio en el taller y la cotidianeidad que lo rodea. Últimamente nombras recuerdos determinantes en diferentes momentos de tu vida. Tu madre, tus parejas, tus hijas, tus viejas pinturas. ¿Esos recuerdos crees que tienen alguna penetración en estas obras?

Carlos Salas: Valencia se opone a colocar la vida del artista dentro de la lectura de la obra. En este momento pienso que hablar de mi vida daría elementos muy importantes para abrir rendijas en la corteza tan fuerte con la que mi trabajo se ha recubierto.

Está lo que tu llamas la penetración en la obra que considero acertado. Lo que ha penetrado se ha recubierto con una capa, difícil de atravesar, generada en la formalización en el campo pictórico.

Hablar de estos temas me crea contradicciones. A veces pienso que es importante y de repente me digo que no y me cierro a esa posibilidad, pero es evidente que los recuerdos y la manera como se desenvuelve el destino en mi vida afectan esencialmente mi manera de trabajar y por ende mi obra.

Están los fantasmas. La mayoría del tiempo estoy solo en mi taller pero visitado, atacado, rodeado de distintos fantasmas. Estos son los de los recuerdos, los de las obras del pasado, los de mis angustias, los de mi trabajo en la galería.

También están las presencias de lo ausente. La de mi madre y las de los que ya se han ido. Y están mis hijas que pasan poco tiempo en mi taller pero están por todas partes, en las fotografías, los dibujos y los escritos en las paredes, en las mesas, en los estantes. Están también en los mensajes telefónicos o de Internet. Es una presencia constante que percibo con claridad. Sin todo esto mi obra no sería lo que es.

– Hernán Sansone

IV. Pintar un cuadro es como… / Perfil de frente

Es inútil pensar en circunscribirlo. Carlos Salas es como la época: ecléctico, móvil, ligero, mutante…

Ser de su época: pocos escapan a esa tragedia. Pero hay diferencias: ¿Padecerla u observarla? ¿Querer darle un sentido o pretender apenas introducir en ella nuevas formas de sensibilidad?

Para las conciencias alertas, huirle a los sistemas cerrados tiene implicaciones: no tener norte, navegar sin asideros, simular nuevos modelos, instalarse en el desequilibrio e inventar metáforas sabiendo que son efímeras.

No queda sino una disyuntiva: vivir en la cabeza o adosado al sentimiento. Consciente de que la relación con el mundo sólo puede ser enriquecida por la memoria y el pensamiento. Consciente, igualmente, de que lo esencial cambia de ropajes pero se repite irremediablemente. Salas frecuenta esos territorios.

El mundo está mediatizado y sólo se vuelve al original (¿ficción o deseo fútil?) a través de la reproducción. Los japoneses con su cámara de video en mano, son la expresión más acabada de ese fenómeno: grabar a mil para ver tranquilamente después.

La realidad es, pues, pluralidad de escenarios y frente a ellos, Salas decidió que sería artista ¿Es decir? “El pintor –dice él– es como un idiota iluminado que comete aciertos desconcertantes”. Aciertos significa, en su caso, “formas de percepción y lecturas de ellas”. O marcas del sentimiento.

– José Hernández

V. En el abismo

Al fondo de una enorme sala de la galería Alonso Garcés, una ventana deja ver el cielo pintado de azul. El tragaluz, compuesto por cuatro cuadrados teñidos de tonos azules y verdes, con resplandores blancos y negros, es la obra más grande de la última exposición de Carlos Salas: En el abismo. Sus obras y la manera como están dispuestas en el espacio dan la posibilidad de múltiples lecturas y hacen un llamado a la imaginación del espectador.

Para el artista huilense, esta muestra es el resultado de sus lecturas, de las horas que pasó escuchando las rarezas musicales que descubría, de la meditación y de las vivencias consignadas en su libreta de apuntes. Pero, sobre todo, del diálogo a distancia que mantuvo con su hija Ana María. Durante casi dos años Salas se comunicó por medio de correos electrónicos con su hija cineasta radicada en París. Ella, intrigada por el taller de su padre, que veía como un lugar vivo, habitado por secretos y huellas de una memoria creativa, lo convirtió en el tema de un documental. “Este diálogo libre y abierto empezó a influir tanto en mi obra como el trabajo de Ana María”, afirma el artista. Un libro pequeño que reúne parte de estas conversaciones está disponible en la muestra. Las visiones del cosmos, presente en la obra de Salas, fue uno de los temas que salió a la luz. En un correo escrito el 25 de marzo de este año, Ana María Salas relata cómo en el desierto de la Tatacoa, ubicado en el departamento del Huila y donde se pueden ver nebulosas, estrellas gigantes rojas y azules, tuvo una experiencia que después develó el nombre de la exposición:

“Nos acostamos a ver el cielo en la oscuridad. Después de mirar durante un rato, tuve una visión impactante. Vi las estrellas con profundidad de campo, en tres dimensiones: en lugar de un cielo plano con estrellas más grandes y más pequeñas, sentí unas estrellas cerca y otras muy lejos. De repente me vi acostada en la Tierra, que estaba proyectada en el universo, formando parte de esa inmensidad. Vi el universo infinito y a mí en él. Fue bellísimo. Vivimos en un inmenso abismo, pero lo olvidamos todo el tiempo. El arte nos lo recuerda evocándolo”.

– Paula Santana

VI. Kairós / Doce cuadros doce historias

¿Quién no se ha preguntado por aquello que rebasa el marco de las obras de arte? ¿Quién no ha cedido al impulso de completar la imagen con el resto que estaría alrededor? Si estas ensoñaciones son posibles, si alcanzan a tentar la imaginación del espectador, es porque cada obra es una totalidad incompleta. La apreciación de un cuadro es siempre una experiencia ambivalente, pues la pintura es el espacio donde se realizan dos fenómenos contrarios pero inseparables: la recreación de una presencia visible y la manifestación de una ausencia irrecuperable. En la pintura figurativa, la presencia está constituida por personajes, objetos, animales o paisajes, formas que la mirada identifica gracias a un juego de referencias formales. La presencia está en los elementos que componen la escena, el episodio, la forma dibujada, y la destreza del pintor se emplea en representar, en el cuadro, figuras existentes en el mundo. En la abstracción, en cambio, lo que se expresa en la pintura es la pintura misma, sin apelar a una referencia formal única ni a un modelo exterior preestablecido. Al proponer un lenguaje que prescinde de la figuración, la pintura abstracta transmite un mensaje autorreferencial, inédito, que delega en el espectador toda tentativa de interpretación.

La ausencia que rodea los limites físicos del cuadro puede tomar múltiples formas. A veces, la ausencia es la imagen que no entra en la perspectiva elegida por el pintor, los detalles que resultan omitidos en la representación. Otras veces, especialmente cuando se trata de pintura abstracta, lo faltante no es tanto la imagen que circundaría a la escena que presenciamos sino más bien el estado de ánimo, el espíritu que habría desencadenado en el pintor la elección de sus formas, trazos y colores. La pintura se dirige no tanto a la parte del mundo que cuadro en la sensibilidad del pintor. Ante la falta de referencias exteriores que permitan acreditar la validez de una forma, la pintura abstracta despierta una inquietud mayor sobre la intimidad del artista, sobre sus intenciones profundas, sobre los sentimientos que la obra terminada busca reflejar. La ausencia, aquello invisible en el cuadro que inquieta la experiencia del espectador, serían las motivaciones tácitas que dan lugar a la obra de arte abstracta. Ya no es una parte de mundo sino una parte de humanidad la que queda excluida del marco, limite infranqueable de las obras.

– Pablo Cuartas

VII. En el abismo / Diálogo entre C y A / En el taller

17 de abril de 2012.
Comparto contigo unas reflexiones que he hecho leyendo tus respuestas, artículos y textos sobre tu obra, para seguir “tocando juntos”.

Algo tiene que ver la cuestión de la liturgia con la de los rituales cotidianos que preparan a la realización de tu obra en mi proyecto. Me parece, además, que tu pintura se ha ido convirtiendo en los últimos años en algo espiritual.

Releyendo el texto de José Hernández que publicó en Mefisto, veo que tu pintura de los 90 era lúdica. Se trataba de un juego con el espectador y también jugabas con lo que se llama “pintura”. Hay muchos aspectos de tu obra de esa época que se me escapan. Tengo que leer atentamente el texto de Álvaro Medina.

Tu obra posterior es mucho más interior. Y la actual tiene mucha profundidad, son las capas de las que hablas, similares a la arqueología. Yo veo mucha profundidad de campo y, a veces, un abismo ( que es, me he dado cuenta, lo que más me interesa en arte hoy en día, ese abismo).

A propósito, esto de la arqueología del sentimiento, de las capas, me ha hecho pensar en la bella película de Patricio Guzmán, que te recomiendo mucho, Nostalgia de la luz, filmada en un desierto en Chile en donde se encuentran arqueólogos, astrónomos y mujeres buscando los restos de sus desaparecidos. Todos trabajan sobre la memoria: los arqueólogos, las mujeres, pero también los astrónomos, que ven y estudian astros que ya no existen.

– Ana Salas

VIII. Kairós

Kairós es una exposición concebida por Carlos Salas como una línea de tiempo en la que emergen rizomas que se entrelazan para producir una estructura narrativa de diez capítulos que se presentan a manera de un juego en el que cada uno de los acápites relata una serie de historias. De esta manera, el espectador se adentra en el proceso, entabla un diálogo con la obra y toma diferentes rutas para ahondar en la muestra. Los capítulos de Kairós nos dan un mapa prefigurado lleno de transversales que se despliegan en acontecimientos, temporalidades, una dentro de otra, devenires y una totalidad no homogénea en la que existen varias combinatorias. Kairós está en un tiempo en donde ocurren acontecimientos con flujos inciertos, algunas veces dolorosos, otros llenos de regocijos.

– María Elvira Ardila

IX. Latinoamérica y la imaginación global / Emoción y abstracción

Carlos Salas: Latinoamérica y la imaginación global es la primera exposición individual de este artista colombiano en Estados Unidos. Que esta exposición tenga lugar en el Museo de Arte Contemporáneo de North Miami (MOCA) es significativo dentro de la articulación de un modelo alternativo en el siglo XXI.

Al cuestionar la base misma de lo que es la abstracción y lo que entendemos como expresión abstracta, esta exposición testimonia que Carlos Salas es un artista latinoamericano abstracto contemporáneo en sus propios términos.

En el trabajo de Salas, podemos ver largos trazos recordando escarificaciones, grandes rectángulos y figuras poligonales con simetría y bordes más o menos correctos. A menudo, los diseños aparentemente abstractos en realidad representan espacios, caminos, campos y sitios. Lo que atrapa al espectador y lo lleva a preguntarse y, finalmente, encontrar una respuesta se debe al hecho de que el trabajo de Salas cobra una mirada inocente de la emoción procedente de la abstracción. Carlos Salas se expresa, en verdad, como un latinoamericano, como un introvertido que se caracteriza esencialmente por su poder emocional. Se trata de una emoción que penetra profundamente, pero que es lentamente asimilada. Carl Gustav Jung escribió del “introvertido” como aquel que “en lugar de exteriorizar sus emociones, las mantiene cautivas, las repite y las recapitula; las llena de matices y las aumenta pero sin dejar que aparezcan, al menos por el momento”.

Uno podría adaptar perfectamente la declaración de Jung a Salas quien almacena la emoción por semanas, meses, años para, después de haberla asimilado, traducirla en obras de arte latinoamericanas equilibradas, armoniosas y elaboradas. En sus obras, las líneas horizontales y verticales, como notas largas de una antífona, junto a los cuadrados nos recuerdan la lección esencial del cubismo que él ha bien asimilado. En Salas la geometría está animada por el espíritu de libertad. También lo son sus colores; discretos para expresar la grave alegría de la sagrada canción, pero no tristes. Son luminosos desde el crepúsculo del azul al violeta, hasta un blanco acercándose al amarillo. Todos los colores de Salas son tonos que el artista matiza en sí mismo como ocurre con la luz difuminada del cielo de Bogotá con sus tonos, sus acentuados contrastes que resaltan el ritmo sin suprimir los matices.

– Babacar M’Bow

X. CIRCUNAMBULACIONES / El nacimiento de un objeto de trascendencia

El taller de un artista es, esencialmente, una incubadora de creatividad. Para el espectador del documental En el taller, ver a Carlos Salas trabajando es emocionante porque se presencia cómo da a luz una idea y da forma a su obra. Llama la atención que Salas, para documentar su complicado proceso, haya decidido trabajar sobre un enorme lienzo circular cuya circunferencia supera su talla. Esa forma subraya la proceso del parto porque el círculo es un signo primordial de la matriz y del lugar del origen que ahora envuelve al artista. Mientras extiende sus brazos sobre el lienzo, Salas crea una división cuadrilátera de la composición similar a la de Vitruvio o a la de Leonardo da Vinci (hombre o también Cristo crucificado), y, por otro lado, en el contexto de este objeto dentro del lugar, en última instancia, recrea el arquetipo junguiano del Mándala, sugiriendo un retorno a la integridad, y bienestar. Su reciente recuperación de la leucemia es esencialmente un renacimiento. Trabajar en este lienzo, durante el tiempo de su tratamiento, fue absolutamente terapéutico. Estando al borde de la muerte se vio obligado a imaginarse a sí mismo cruzando el abismo, transito a otra dimensión. Es extraordinariamente conmovedor que lo que es usualmente una meditación solitaria sea presenciada por su hija y grabada por un equipo de filmación.

La película es, entonces, un memorial de la lucha de Carlos Salas por sobrevivir y alcanzar la inmortalidad a través de la exposición de su obra. A lo largo de la película descubrimos que Salas atacó agresivamente la superficie del lienzo con innumerables cortes y rasguños. Sin duda, cuando cerraba los ojos, las imágenes posteriores de sus esfuerzos físicos agotadores deben haberse quedado impresas en su retina penetrando hasta su psique. Este guerrero ha forjado muchas poderosas armas defensivas, como un curandero chamánico Salas desvía el cáncer venenoso transfiriendo las huellas desagradables de la enfermedad en la superficie escarificada convirtiéndolo en un gran escudo. En una visita a su estudio en Bogotá me sorprendió que la habitación pareciera un espacio sagrado o una armería con un par de lienzos circulares, apoyados en la pared, como trofeos en la capilla de un caballero. Estas pinturas de bordes oscuros dan La ilusión de que uno está mirando una superficie convexa como el escudo de Perseo utilizado para desviar la mirada petrificadora de la Medusa. Milagrosamente, y para la gran satisfacción del artista, observamos que cuando el sol de la tarde golpeó las superficies de estos “escudos” planetarios, se energizaron, absorbiendo e irradiando luz transformándose en concavidades, crisoles de la vida misteriosa.

– Adrienne Von Lattes

XI. El mundo según Carlos Salas

En 2012, durante su visita a Colombia, el director de MOCA, Babacar M’Bow, fue sorprendido por el vigor y la originalidad de las composiciones abstractas de Carlos Salas, un pintor quien en 1999, a los 42 años, fue motivo de una retrospectiva en el Museo de Arte Moderno de Bogotá (MAMBO). M’Bow también quedó impresionado por el papel de Salas como intelectual público que mantiene una crítica política activa por escrito.

Aunque las propias opiniones políticas de M’Bow difieren de las de Salas, el enfoque del artista complementa la visión de M’Bow con las que ha intentado que MOCA se convierte en un vehículo para cuestionar las normas y provocar la transformación social en vez de presentar “simplemente cosas hermosas producidas para colgar en la pared”, como M’Bow expresa.

Durante el año pasado hasta du reciente licencia administrativa a causa de una supuesta mala conducta en sus oficinas, M’Bow y la, hasta entonces. directora asistente de educación, Adrienne von Lattes, realizaron exposiciones experimentales destinadas a cambiar la práctica habitual del museo presentando puntos de vista alternativos. En particular se comprometieron con artistas y con curadores locales generando conexiones con los vecinos del museo, en gran parte de origen haitiano-americano, y buscaron alternativas a la opción predeterminada del corredor artístico constituido por Norte América y Europa.

En lugar de simplemente importar la segunda retrospectiva en MAMBO de Salas que cubría los años 1999-2014, M’Bow y Salas se centraron en el trabajo de los último cinco años -un período crucial para el artista desde cuando se sometió a la prueba de diagnóstico y tratamiento de la leucemia-.

La nota clave de la exposición es un panel circular de 3 metros de diámetro titulado En el abismo. Esta pintura, de múltiples capas, personifica el complejo proceso de trabajo de Salas que fue capturado en la película documental En el taller de su hija Ana que se estrenó en el MOCA durante la Semana de Arte a principios de este mes. La pintura representa un flujo del trabajo ritual pero, a veces, aparentemente caprichoso en el que alternativamente crea, oculta y revela la dinámica centrífuga de su composición. Trabajar el cuadro verticalmente para luego colocarlo en el suelo y verter pintura que será raspada con dureza; delimitar áreas enmascaradas con cinta, cepillos, exfoliantes, haciendo grietas con un soldador caliente y luego repetir todo el procedimiento. El proceso implica tanto una bien afinada técnica como una respuesta improvisada a cada estado momentáneo de la mente y de la pintura. “Es ahí”, dice en un momento de la película, “cuando uno se siente el siervo de la pintura y no el que la domina o está al mando.”

La película está basada en 45 días de grabación en el taller de Salas en Bogotá e incluye reflexiones del artista en solitario, diálogos reflexivos con Ana, las actividades domésticas cotidianas y, más críticamente, su variado manejo de la pintura. El documental inquebrantable y el catálogo, de costosa elaboración con ensayos, textos e imágenes, proporcionan un contexto de bienvenida para la exposición de 60 obras de arte abstractas que probablemente desmitifican la visión de muchos visitantes de museos. Incluso los usuarios más fieles de MOCA se sorprendieron al encontrar la galería principal despojada de su esqueleto por el escueto enfoque del espacio que propone Salas de la galería del museo. “MOCA se encontraba ya en un proceso de metamorfosis”, dijo. Esta condición proporciona una justificación y una oportunidad para transformar radicalmente el espacio. Pidió “eliminar las paredes y abrir las ventanas”. Y así se hizo. La puesta en escena de esta compleja exposición es vital y dramática.

– George Fishman

XII. David Ebony`s Top 10 New York Gallery Shows for May

El corazón del asunto, una exposición itinerante de pinturas abstractas, fotos y videos, es el sorprendente debut en Nueva York del artista colombiano Carlos Salas. En la muestra se ven lienzos de gran escala, como el exquisito y acuoso Marcas del sentimiento (2010) suspendido en cables a varios pies del piso de la galería. Las capas de tonos acuosos y las líneas horizontales fluidas pueden sugerir la corriente de un río en movimiento rápido. Un gran tondo, En el abismo (2014), domina la pared del fondo. Presenta tonos verdes con toques de pinceladas irregulares azules, rojas y grises que emanan del centro del lienzo. La composición alude a una explosión cósmica. El énfasis de Salas, sin embargo, es consistente con el proceso de la pintura en sí mismo, evitando las nociones de paisaje, o cualquier tipo de atributo pictórico en la obra. Su proceso de pensamiento se revela en una película documental íntima producida por Ana Salas, la hija del artista, que se proyecta en varios monitores repartidos por toda la exposición. Los objetivos conceptuales de Salas se presentan con más claridad en Una daga clavada, una serie de grandes fotografías que se pueden ver en la galería del nivel inferior. Aquí, los detalles explosivos de dibujos, vistos a través de una lupa, ofrecen desafíos perceptivos para distinguir entre la realidad y el artificio.

– David Ebony

XIII. A pintar vino el maestro Li

El maestro LI vive en las antípodas, en la otra cara de la tierra. No podría vivir más lejos de nosotros. Si hiciéramos un hueco y atravesáramos, un tanto en diagonal, el globo terráqueo podríamos verlo trabajar en su inmenso taller en Pekín. El maestro Li se construyó un museo en la ciudad Songzhuang, en el distrito Tongshou de Pekín en donde residen alrededor de 20.000 artistas. Y no es cualquier museo, es una inmensa construcción, una fortaleza para el arte, el más grande museo privado de China. Ahí tiene su taller y hace inmensas exposiciones de arte del mundo.

Este gran artista inventó una técnica con la que es muy conocido en China. Como si construyera una nueva geografía después de los glaciares, con inmensos bloques de hielo dispuestos sobre una tela hace un largo ritual con tinta china creando extraños paisajes. En intensas jornadas de trabajo, a veces delante del público, otras simplemente con amigos o en total soledad, mientras los hielos se funden mezclándose con la tinta el maestro Li se convierte en el daimón que acompaña a la creación.

Como picos de montañas que emergen sobre las nubes, empiezan a aparecer los fragmentos de hielo luego de que el maestro Li ha roto con un gran martillo los bloques que han cedido por deslizamientos postrándose sobre la tela. El espectáculo de la creación se hace presente ante los ojos de los asombrados espectadores como aconteció cuando Wang Fo, en el cuento oriental de Marguerite Yourcenar, se salvó al ser rescatado por su discípulo en una barca que navegaba sobre las aguas que surgieron luego de que con su pincel, impregnado de tinta azul, había cubierto el rollo de una de sus antiguas pinturas inconclusas que el emperador le había exigido terminar antes de sacarle los ojos.

Li es su apellido y Guangming su nombre. Lo conocí en White Box en Nueva York cuando viajó a realizar una de sus acciones pictóricas, al cierre de mi exposición en ese emblemático espacio de arte. En esa ocasión Guangming me invitó a exponer en su museo.

– Carlos Salas

XIV. “En el taller”: arte por partida doble

“Hace 24 horas vi los Cuatrocientos golpes y desde entonces no he dejado de pensar en ella un solo minuto… Creo que es excelente, y lo creo a ciencia cierta y hasta me atrevo a jurarlo, pero no creo que lo pueda demostrar…” El fragmento de la nota crítica es sobre el estreno de la película mencionada, de François Truffaut, y escrita en este mismo diario hace poco menos de 60 años (1959) por el, en ese momento, incipiente y apasionado crítico de la cartelera de cine bogotana, el escritor Gabriel García Márquez.

Muchos años después… Varias coincidencias, casi al pie de la letra: yo tampoco he podido dejar de pensar en En el taller, de Ana Salas, su tercera película. Y también creo que es excelente, y también lo creo a ciencia cierta y hasta me atrevería a jurarlo… y tampoco sé si pueda demostrarlo. De cualquier modo, voy a intentarlo, a ver qué pasa. Al final – como en las películas- veremos cómo nos va: a mí en este intento y a los lectores, ustedes, en aceptarlo o creerlo.

Comencemos por el siempre riesgoso concepto con olor a sentencia: esta película es una obra de arte. Digo más: una rica obra de arte, en dos acepciones: es un deleite, visual y auditivamente (en la primera función que asistí, en el teatro Embajador en el centro de Bogotá, había una persona joven, ciega, acompañada, que al final resultó muy complacida). Y también resulta una enriquecedora experiencia estética y humana.

Una obra de arte, valga el juego de palabras, sobre el proceso de creación de otra obra de arte: un cuadro -un círculo, para ser preciso- de Carlos Salas (1959), uno de los más reconocidos artistas colombianos de las últimas décadas, y padre de Ana, la directora de esta película, de la que tengo que decir, sin pudores ni temores, que en mi criterio es la mejor y más bella película documental que se haya hecho en Colombia. Por lo menos en lo que se refiere a documentales sobre arte o artistas – con el permiso, se me antoja, por ejemplo, de Luis Ospina y su retrato íntimo del artista Lorenzo Jaramillo en sus últimos días: Nuestra película (1992). Y el otro retrato, incesante, inteligente y bellamente logrado del escritor Fernando Vallejo (2002).

– Giancarlo Calderón

XV. La derecha del arte

Carlos Salas vive en una casa en La Calera que él mismo diseñó hace más de seis años. El lugar está enclavado en una montaña, tiene dos pisos, jardines de arena, magnolios, plantas de curuba y enormes ventanales. Vive solo, con la compañía de Choco, una perra callejera que apareció un día en la puerta de la casa, y Cami, una shih tzu blanca que le regaló a su hija Paloma. Ambas lo siguen por los pasillos mientras sus patas retumban bruscamente contra el piso de madera. La casa aún está en obra. Salas está construyendo una piscina climatizada, instalando el piso de las terrazas y llenando cada espacio.

Un cuadro de gran formato, que le regaló el artista chino Li Guangming, cubre una pared de la entrada. En la zona social hay una inmensa chimenea circular, un sofá negro y una obra suya de tonos azules de más de tres metros. En el piso de abajo están las habitaciones de sus hijas: Ana (37), Sara (20) y Paloma (14). Carlos dice que cada cuarto abraza a su nuevo taller, un lugar que empieza a cargarse de recuerdos. Luego de estar veinticinco años trabajando en un estudio de paredes blancas en Chapinero, desde hace tres meses pinta en un espacio donde se ven las montañas, las nubes y el cielo. Allá tiene un par de esculturas precolombinas, una pieza de Nijole Sivickas, un pequeño cuadro de David Manzur y un dibujo de Édgar Negret.

Sobre una mesa larga hay varios cuadros azules de formato circular, papeles, tintas, espátulas, cintas y brochas. También hay un futbolín, un juego de rana, libros, un florero con un único cartucho, un portátil, tarros repletos de pinceles, baldes de pintura, un frasco de alcohol, un soldador con el que traza cicatrices en los lienzos, un termo con café endulzado con panela y una virgen de Guadalupe. También hay unas trescientas obras sin terminar y unos cuadros con flores disecadas, un experimento que quedó a mitad de camino.

A Salas le gusta trabajar con música. Le gusta escuchar al alemán Klaus Wiese, pero esa mañana escogió un álbum de Mathias Grassow. La rutina le da tranquilidad, por eso todos los días hace algo de ejercicio con pesas, pinta durante horas y luego le dedica un tiempo a aprender inglés por Duolingo, y a leer. Ahora está releyendo La muerte de Ivan Ilich, de León Tolstoi, que asegura es una obra magistral sobre la muerte.

Carlos Salas es el segundo de nueve hijos. Nació en Pitalito, Huila, el 5 de enero de 1957. Su padre fue un juez autodidacta que aseguró toda la vida que el Espíritu Santo le enseñó a leer. Su madre, coleccionista de porcelanas, pintaba flores cuando era soltera y le entregó sus primeros óleos y pinceles. Aunque soñó con ser ciclista y héroe de película, la pintura lo arrobó desde niño. Un día, buscando soledad y silencio para pintar, decidió montar su primer taller en el cuarto de chécheres de la casa de sus padres.

Estudió Arquitectura en la Universidad de los Andes y Arte en la Escuela Nacional Superior de Bellas Artes de París. Durante diez años sacó adelante la galería y la revista Mundo, un espacio desde donde publicó cuarenta revistas de colección y realizó sesenta exposiciones de grandes maestros del arte como Alejandro Obregón, Ana Mercedes Hoyos, David Manzur, Diego Rivera, Enrique Grau, Rogelio Salmona, Fernando Botero, Édgar Negret y Eduardo Ramírez Villamizar.

Salas adora la pintura de Leonardo, Miguel Ángel, Tiziano, Rafael y Verrocchio, se ha casado tres veces, en 2005 lo eligieron como uno de los cuarenta y ocho personajes más importantes de la historia del Huila, ha visto más de treinta veces el documental sobre la vida de Carl Jung Desde lo profundo del alma, es abiertamente uribista y tuvo una determinación feroz para vencer al alcoholismo y la leucemia.

Ha expuesto en los principales museos y galerías de América Latina, Estados Unidos y Europa. En 2015 inauguró una muestra de Art Basel con 160 piezas que mostró en el Museum of Contemporary Art North Miami (MOCA), en 2016 se presentó en el espacio de exposiciones White Box de Nueva York y ahora está preparando una ambiciosa muestra en China, que el próximo año exhibirá cuatrocientas obras suyas en el Sunshine Museum de Beijing.

Además, este mes se estrenó En el taller, una película dirigida por su hija Ana en la que Salas devela su proceso creativo, desde el lienzo en blanco hasta el último trazo, de una obra circular de tres metros de diámetro que tituló En el abismo. A los sesenta y un años, Carlos Salas se lanzó al vacío para mostrar, sin recelo, la frágil intimidad del quehacer artístico.

– María Alexandra Cabrera

XVI. Recuerdos suspendidos / Un recorrido a las antípodas

La nave principal de la galería estará inundada de azul, me imagino sumergido en las aguas del final del relato de Wang Fo. Ocho cuadros de los dieciséis que pinté pensando en los grandes espacios del Museo Sunshine de Pekín estarán suspendidos del techo de ese espacio. Una claraboya los iluminará como si acercara el cielo a la tierra.

Una de las salas de la galería contendrá cien dibujos que realicé siguiéndole el curso a la represión brutal contra los jóvenes venezolanos en 2017.

Distintas series aparecerán entre las grandes pinturas. Dibujos, objetos, libros, obras circulares compondrán esta muestra que ocupa mi imaginación.

Exposición de Carlos Salas en la galería Duque Arango