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Darío Ortiz
Darío Ortiz - Contrapunto - Galería Duque Arango

Darío Ortiz

Contrapunto

Pintura como reflejo del neobarroco-posmoderno

La obra de Darío Ortiz se trata de una trabajo que rescata lo mejor de la tradición “clásica de la pintura”, y a la que, por decisión personal adhiere un ingrediente conceptual de libertad creadora, proveniente de una postura romántica que lo hermana a las vanguardias artísticas del arte actual, ya que su trabajo posee un contenido misterioso fuera del tiempo, en el que, si bien hereda el quehacer de la pintura decimonónica, se trata de escenas contundentemente actuales, tanto en su narrativa como en su intención; basado en un arte de compromiso político y social observado desde un realismo trascendente.

Su trabajo puede entenderse como la creación de imágenes con contenido literario o referencial dentro de un nuevo realismo, que sometidos al modelo naturalista de representación pictórica se apartan de la pintura de referente clásico, esa en la cual siempre nos vemos ante el dilema de vincular la representación realista con el anacronismo proveniente del artificio pictórico que suplanta el carácter introspectivo de la práctica contemporánea; ya que su obra, la de Darío Ortiz, no sólo se trata de explicitar el conocimiento de la técnica, lo cual es innegable, sino que es una pintura de concepto.

Ante los ojos del espectador su obra se devela primeramente a través del manejo de la técnica como herramienta para la creación de un lenguaje plástico en el que la realidad es transmutada para ser cognoscible; éste ejercicio del conocimiento está acrecentado por la experimentación del realismo, en el que prima la observación del ser como actividad creadora, e independientemente de que se advierta la mano singular del artista en todas y cada una de las obras, se trata de la aplicación de fórmulas singulares a cada una a manera de recursos plásticos; lo mismo en sus piezas de composiciones teatralizadas por distintos actores, que en aquellas que el protagonismo de la imagen lo acerca a la contemporaneidad en la que se redefine el espacio de la obra de arte, la territorialidad, y se plantea un nuevo significado para el concepto de gigantismo que lo acerca “Arte pop” en retratos realizados a manera de “close-ups”, los cuales construyen imágenes que permanecen en la retina y en los que aspira a capturar la energía de la vida cotidiana a través de la magnificación por su tamaño.

En ese sentido, podemos decir que, cada pieza se trata del empleo de los recursos técnicos y compositivos de una academia bien entendida, que se despersonaliza para que la realidad exterior capture el referente simbólico, y se refleje en la textualidad y visualización de la imagen. A tal fin, el lenguaje empleado ha de ser concordante y la narrativa derivada, ya que el artificio es anulado o reducido a la necesidad de lo emotivo, sirviendo de vehículo a la inmersión polisémica-emotiva, en la cual se advierte que detrás de la construcción o composición está el contrato de verosimilitud, es decir un pacto tácito entre pintor y el espectador, en el que ambos entiendan por realidad la misma realidad, si cabe la redundancia.

No obstante que el mensaje pictórico encuentra en el observador ese carácter de vinculación, dando acceso a su propia referencia con la realidad, verdadera, o provisoria, a la que estamos habituados a aceptar como tal derivada de lo visiblemente existente o la que se nos impone como parte del fenómeno de información de masas, sea como cualquiera de ellas, en ambos casos está sublimada por la emoción que la atrapa o la contiene y que es transmutada en la obra, lo que le confiere el “animus” para apartarla del objeto común inanimado y banal, y así transmitir esa emoción al espectador.

En ese sentido, la obra de Darío Ortiz se plantea bajo la dinámica de una contemporización de espacios y contextos, en una narrativa que por momento fusiona épocas, lugares y personajes, alternando distintos planos de forma cuidadosa en la composición y el concepto, y cuyo resultado deviene en ocasiones a las grandes obras maestras de la pintura universal, pero con narrativas que transcurren en un mismo instante de temporalidad, el presente; estableciendo un extraordinario contrapunto en la narrativa visual, de gran singularidad en la pintura latinoamericana.

Es así como en la presente selección de obra, la visión existencialista de la vida humana se enfrenta a ciertas exigencias del realismo, el mundo existencial exacerbado, desarticulado y que resulta irracional, por lo que las circunstancias poco importan ante lo primordial, que es la existencia humana en cualquier lugar y tiempo, que se antepone a cualquier exploración sobre los referentes concretos, ya que se reducen a minúsculos detalles o excusas alegóricas de la narración.

Darío Ortiz es entonces un narrador existencial de elocución realista, desprovista de cualquier, localismo, corriente o costumbrismo; su mundo es existencial en tanto descentrado y fragmentario, en el que viven sus personajes puestos en escena a través de una composición que no advierte errores; una estética posmoderna “neo- barroca” derivada de su apropiación descontextualizada y su pluralidad discursiva, la cual rompe con cualquier determinación estética en favor de la experiencia emocional del espectador, provocando así, el éxtasis sensorial como vehículo de reflexión.

– Rafael Alfonso Pérez y Pérez