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David Manzur
David Manzur - Punto de partida - Galería Duque Arango

David Manzur

Las metáforas de Manzur

Cada vez que me encuentro con la obra de David Manzur, me sorprenden aspectos de su producción que me habían pasado inadvertidos. No se trata, desde luego, de su dominio en la representación, ni del acervo técnico y conceptual que sustenta su trabajo, ni de su independencia de las definiciones acatadas por la mayoría, ni de su experta fusión de historia y contemporaneidad la cual le otorga una definida personalidad a las obras de sus últimos períodos. Se trata más bien de aspectos menos definitorios para el reconocimiento de la excelencia de su producción, pero que de todas maneras enriquecen notablemente el interés que despiertan sus imágenes. Al apreciar las pinturas y dibujos de su exposición en la galería Duque Arango, por ejemplo, me sorprende la variedad de técnicas y materiales utilizados en el mismo lapso para la muestra: óleo sobre lienzo, acrílico sobre lienzo, óleo y acrílico sobre lienzo, carboncillo y acrílico sobre lienzo y carboncillo y pastel sobre papel, todas las cuales arrojan resultados visuales diferentes a pesar de la unidad que es patente en las imágenes. Pero si bien el diestro manejo de Manzur de cada uno de estas técnicas es bien conocido, las combinaciones, algunas no muy ortodoxas, de estos elementos, por ejemplo del acrílico utilizado básicamente en la pintura y del carboncillo, material insignia del dibujo, resultan elocuentes acerca de la voluntad de experimentación del artista y de la gran libertad con que confronta el lienzo y el papel.

Tampoco me asombra de esta exposición la idoneidad de Manzur en el manejo de la figura del caballo que, al igual que otro animal, la mosca, en otros períodos de su producción, se han convertido en una constante en la más reciente parte de su obra. Pero sí me sorprende, en cambio, no haber caído en cuenta anteriormente de la infinidad de connotaciones artísticas e históricas que tienen estas representaciones, las cuales enriquecen de manera notable el contenido de su producción.

Por ejemplo, los caballos de esta exposición permiten un recuento mental de la historia del arte, desde el Paleolítico hasta el arte contemporáneo puesto que traen a la memoria no sólo las cabalgatas de los frisos, los centauros de las metopas y las cuadrigas de la antigüedad clásica, sino los retratos ecuestres y las pinturas de batallas y de cacería de todas las épocas, y también, por supuesto los caballos de Paulus Potter quien fue el primer artista de la historia en hacer del caballo, sin jinete ni anécdotas, el centro de sus obras.

Todo esto se despierta en la memoria ante las pinturas de Manzur, pero es claro que sus caballos, a pesar de los ribetes clásicos de sus representaciones se emparentan anímicamente con los caballos de la modernidad como el del Guernica de Picasso, no sólo por el entorno ominoso en que a veces aparecen, sino, fundamentalmente, por la honda expresividad que hacen manifiesta. Los caballos de Manzur, como el caballo picassiano, son claramente simbólicos: el del Guernica de los sufrimientos de la guerra, y los de Manzur de peligros inminentes.

Estos peligros están representados por el toro que en ocasiones embiste a los caballos, o por el pez que engulle a uno de los equinos y también por la rueda que a veces parece reemplazar una de sus patas. Pero las imágenes de Manzur permiten, como es propio del arte contemporáneo, diversas interpretaciones e inclusive, profetizar un desenlace.

Su trabajo ha sido tradicionalmente metafórico puesto que se ha referido a conceptos como pasión, compasión, valor, intrepidez, sensibilidad, amor, memoria y sacrificio a través de imágenes que, más que contar, sugieren historias. Y las pinturas y dibujos de esta exposición no son la excepción; podría pensarse, por ejemplo, que las batallas, los encuentros y también los escenarios algunas veces yermos y otras veces oxidados, son claramente referencias al presente, a las circunstancias del mundo actual, y podría pensarse también que los jinetes sin rostro, unas veces fungiendo de santos y otras de robots, son igualmente alusiones a posibilidades del hombre y la sociedad contemporáneos. Pero la llave de sus metáforas sólo la tiene Manzur, sólo el artista podría afirmar con absoluta certeza el sentido y alcance que quiso darle a sus representaciones, aun cuando el sentido que quiera darle el observador es perfectamente válido como de eje de sus reflexiones y estímulo de placer estético.

Es claro, en consecuencia, que la obra de Manzur no se entrega totalmente al primer vistazo, que va enriqueciéndose a medida que el observador se concentra en sus detalles, en su manera de ejecución y también en su temática y simbología. Y de ahí que cada vez que me encuentro con una de sus obras descubro algo que no había percibido y me sorprendo de no haberme percatado antes. Los valores de su obra parecieran aumentar cada vez que se aprecia, ofrecer nuevos ángulos para la reflexión, y multiplicar sus sugerencias.

Los trabajos de esta exposición a primera vista podrían parecer pesimistas, pero si se considera la destreza del dibujo, el diestro manejo de la luz, el color tanto en sus trabajos monocromos en los cuales el blanco del papel se convierte en luz, como de sus pinturas en las cuales el color irrumpe con fruición e intensidad, entonces se hace claro que Manzur tiene una profunda fe en el hombre en su percepción, en su inteligencia, y que una especie de neo-humanismo reminiscente del humanismo de los pintores renacentistas que tanto admira, pero acorde con el contexto contemporáneo, subyace detrás de las escenas.

Esta muestra de la galería Duque Arango permite comprobar la independencia con que puede trabajar un artista de larga y prolífica trayectoria, que es consciente de los logros de su obra, que está seguro de los valores plásticos que persigue y que no tiene duda acerca de la pertinencia de sus convicciones.

Manzur continúa perturbando y animando, inquietando y atrayendo con sorprendentes argumentos, a quien se acerque su trabajo con la mente abierta a todo tipo de lucubraciones y los ojos dispuestos a disfrutar, centímetro a centímetro, pinturas y dibujos que compendian sentimientos, emociones, destreza e imaginación.

– Eduardo Serrano