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Fernando de Szyszlo
Fernando de Szyszlo - Una América Llamada - Galería Duque Arango

Fernando de Szyszlo

Una América llamada Szyszlo

Para Fernando de Szyszlo, la vida ha sido llevar el amor y la pintura a las secretas moradas donde los ríos se juntan; atisbar en la lejanía las diáfanas mañanas inquietas por constelaciones iridiscentes; mirar la luz, el color y el no-color, que nutren la posible sequedad de los ardores creativos, conversar con el interior de un Ser que sabe que el arte es pasión y conocimiento. Él toca el ocre de la tierra, el azul del cielo, el rojo del fuego, el verde rumor de aguas que transitan entre misteriosas arquitecturas y paisajes fantásticos. Él pinta en claro-oscuro, dice; pero es la magia del color con la que construye un imaginario desde aquel mundo real donde lo fantástico y lo abstracto se unen en representaciones pictóricas. Le interesa la potencial injerencia del surrealismo en su pintura porque en sus códigos “(…) hay una realidad otra: la realidad sobre la realidad”, dirá a la periodista Mariella Balbi en entrevista publicada en el libro Travesía, Perú, 2001. El artista ha archivado en su memoria un pasado que concreta en símbolos de su presente. Desde el inicio de su vida de pintor, en los años cuarenta, le atrae una formulación simbólica (Naturaleza muerta, 1945) para expresarse en varios niveles del discurso visual y conceptual a partir de ciertas cosmogonías, y recurre al subconsciente a fin de resolver simbólicamente una forma de pensamiento. Se apropia de referentes concretos y de una iconografía que supera los límites de la práctica no condescendiente con lo académico y convencional. El lenguaje pictórico de carácter intemporal de este artista peruano, muy peruano y muy universal, es significativo en cuanto a los términos conceptuales que trabaja para construir su repertorio formal. Estamos ante un pintor abstracto complejo: geométrico, orgánico y lírico, que se sitúa en el ámbito de lo poético con un alto nivel de exigencia técnica. Szyszlo enfatiza la materia como referente dinámico de una cultura que permanece viva en el imaginario arcaico de América Latina: valoración y trascendencia de un pasado histórico. Sin ser formalista en el sentido convencional, su pintura se inscribe en un inventario de valores plásticos que la convierten en elocuente ejemplo de conciliación entre forma abstracta, luz romántica y color exultante aún en sus gradientes más profundos de claroscuro, y de acuerdo con esta “conciliación”, sus formulaciones espaciales y la fuerza del color se confabulan para hacer de ella una obra maestra. Sin dar tregua al espacio vacío, el artista plantea una dimensión espacial infinita e intemporal en el gran plano – en su mayor parte monocromático– del fondo de la tela que sostiene el entramado arquitectural, casi barroco, que se proyecta fuera de ella. Como resultado del pensamiento y actitud existencial filosófica de un creador profundamente intelectual y conocedor de los secretos del arte, la pintura de Fernando de Szyszlo, corresponde a la absoluta libertad que a través de la materialidad textural del color y la luz en todo su esplendor; ese cuerpo vibrante, que sin contradicciones, se inscribe en el misterio de la creación.

Color en el claro-oscuro

Aún cuando ha sostenido siempre que es un artista del claroscuro y que su pintura es “oscura”, en su producción la presencia del color es insoslayable. Una presencia que seduce visual y espiritualmente, que recoge una historia, antigua y contemporánea, desde el rojo de los frescos de Pompeya hasta el azul cobalto del francés Yves Klein, pasando por el intenso cromatismo renacentista. Con una paleta cargada de altas temperaturas de saturación y luminosidad, crea energías que privilegian acercamientos emocionales. Ojo y cerebro, comportan una ecuación de alta intensidad perceptiva. Y es precisamente sobre el modelo tricromático planteado por Thomas Young y el rechazo inconsciente a los fenómenos aditivo y sustractivo donde se centra este aspecto “oscuro” de la pintura de Szyszlo, a lo que podría añadirse el concepto de la relatividad del color de un Joseph Albers. El todo significativo es la combinación color, materia, forma y fondo. A partir de mediados del siglo XX, el interés por el monocromatismo y por inesperadas combinaciones de matices y formas, así como por las libres asociaciones que desafían las reglas académicas universales, se instaura una nueva manera de tratar el color como importante elemento formal. Allí está Szyszlo, quien le reserva un lugar preponderante y lo convierte en vibración absoluta, casi al modo del op art o de un Yves Klein. Llama la atención que hable del claro-oscuro como definición de su pintura cuando encontramos el rojo heráldico en obras tempranas como Ejecución de Tupac Amaru (1965), Puka Wamani (Halcón rojo, 1966), Camino a Mendieta (1977), Natura Defecit (La naturaleza nos traiciona, 1972). Anabase (1982), Sol negro (1992), o Camino a la Mendieta y Paisaje (2014), dos pinturas en esta exposición, y otras de fondo azul con el mismo título: Sol negro (1992) y otra del 2015, así como Para casi la noche (2014) y Trashumante (2015), también en la exposición. Gracias al tratamiento que otorga al color, Szyszlo, introduce al espectador en una experiencia casi sensual a partir de monocromías espaciales que preservan la cualidad visual del pigmento y lo matérico de las formas en apariencia suspendidas sobre él. Al interactuar la luz sobre la superficie pictórica, el complementarismo cromático es absoluto. Se observa que, en general, el fondo es de un color único, rojo, azul, verde, a veces plano, otras con matices, pero siempre dotado de temperaturas que potencian el poder expresivo de de las extrañas formas abstractas colocadas sobre él. En cada pintura es visible una operación cercana a aquella realizada por los artistas cinéticos que trabajan sobre la base del color como generador de energía y movimiento. Analizando la síntesis aditiva, teoría que sostiene que el color de un objeto proviene de la luz que absorbe y re-envía, entonces, entonces aquella que invade la tela, de acuerdo a la relación de color a color, genera efervescencias tornasoladas, o un cálido aspecto moaré tan presente en el cinetismo. En Szyszlo, por lógica, el movimiento es virtual, pero se complejiza de acuerdo a tres direcciones: la luz que el artista incorpora con el color a la urdimbre compositiva de formas; la luz que incide desde una fuente externa y una tercera, a la que se suma esa luz que el color en sí mismo es capaz de generar. Estas tres acciones, junto a la fuerza matérica del pigmento –textura– convierten el espacio pictórico en una poética ópera visual de gran tesitura. Estamos ante el artista occidental que se esmera, sin contradicciones, en el absoluto ordenamiento de policromías y monocromías para lograr formas no objetivas desde la realidad.

Color: lo pictórico y lo emocional

Fernando de Szyszlo trabaja con la materia coloreada. Cada color es un símbolo de vida, de existencia, de arte y también de violencia a pesar de la seducción tranquila que puede sugerir. Aquí se opone a la melancolía del paisaje del altiplano andino, pero guarda en sus formas abstractoorgánicas, resueltas en planos ardientes de colorluz, el poder simbólico de una cultura antigua que supone el sustrato de su personalidad como artista y como ser humano. Fuerzas espirituales y humanistas se centran en el color-soporte y también en aquellos trazos, gestos y ondulaciones que sobre el soporte conforman un complejo tejido espacial pictórico. Explora también la simbología que la tradición formalista le ha atribuido, el rojo cálido es igual a vida y poder; el azul frio a calma y paz. El rojo, color de la pasión, es explosivo, tan fascinante que no deja al espectador indiferente. Lo extraordinario del manejo del color en cuanto a fuerza plástica, su simbología y remembranza de cosmogonías ancestrales, es la maestría con la que a partir de planos monocromos y matéricos, el artista estructura policromías de dimensiones asombrosamente luminosas, adecuando la ecuación color- luz aún en aquellas de más concentración de claroscuro. Por esta vía, Szyszlo pone en acción un metalenguaje pictóricoplástico aliado a caracteres emblemáticos de una metafísica temática. Desecha todo ripio visual, así como a otros elementos capaces de desvalorizar la importancia de unos con respecto a otros, la “espectacularidad” no forma parte de su ser pintor. La emoción estética es total en una obra que muestra armonías testamentarias de legados culturales complejos. Así, con un gran dominio de los recursos formales, siempre sobre la fuerza del color y el claroscuro, omite la perspectiva tradicional para crear profundidad a partir de la interacción color-luz. Es posible sostener que los campos cromático y su perspectiva propia le permiten ordenar la composición y el tema, de acuerdo a esquemas aprehendidos de arquitecturas arcaicas. Szyszlo coloca la emoción del espectador en la “representación” del color y sacraliza su significado. Marca los espacios fácilmente identificables sobre la tela y llama a la imaginación para explorar en su interior. Nada queda al azar. Todo está calculado y un impulso voyerista se cuela en cada una de estas pinturas que son entes vibrantes, dinámicos, activos, espacios a visitar, espacios habitables.

Tema: concepto abstracto

El color-forma es aquí tema abstracto de carácter místico inquietante. Resuelto en la soledad de un paisaje interior y litúrgico, parece dispuesto para oficiar ceremonias ancestrales. Tema abstracto no visible en la perentoriedad de la mirada pero apreciable al detectar elementos fundamentales para la categorización de sustratos relevantes de su cultura. Aquí se entretejen dos Szyszlos: el racional de ancestro polaco y el latinoamericano “fantástico” impregnado de las culturas antiguas del país donde nació. ¿Acaso no es relevante que los títulos de su pintura se refieran a esta cultura? En su pintura se siente la melodiosa quena y la fuerza de un expresionismo abstracto universal traducido en lenguaje propio. Un lenguaje sustentado por lo abstracto de una “figuración figurada” y simbólica, que emerge desde la estructura visible de la obra: ¿una tumba?, ¿un misterioso paisaje?, ¿una habitación?, ¿caminos o laberintos? Todo pareciera estar envuelto en texturadas floraciones volcánicas de color real y color óptico. La imaginación para crear un paisaje arquitectural almacenado en el subconsciente parte de la memoria sensible. En este sentido, el poder de la materia cromática lo lleva a no respetar la linearidad convencional de la mancha, pero sí la naturaleza del color. Por ello, crea representaciones ilusorias a partir de perspectivas cromáticas en movimiento: inequívoca característica iconográfica de su pintura. Es misterio, es esencia motivadora de sentimientos, fuerza que se comprende cuando se asocia forma y significado, tema y color. Sin imponer una lógica temática demostrativa, pero sí perceptualmente emocional por asociaciones de ideas y sentimientos, parecen ser transfiguraciones de un tema a la vez mental y real. El artista estudia las inmensas posibilidades sensibles del pigmento hasta el punto de hacer que genere movimiento virtual gracias a su densidad matérica y a la energía de la fuente lumínica.

Szyszlo: sereno palpitar de noches estrelladas

La técnica pictórica de Fernando de Szyszlo es única en América Latina. Armonías casi inéditas en sorprendentes contrates y composiciones, lo hacen virtuoso del color y el claroscuro. Así, sus pinturas son expresivas formulaciones visuales, cromáticas y luminosas, organizadas en diferentes planos. Una impecable técnica, junto a la perfección constructiva del espacio pictórico, confiere a la obra un carácter sublime y sagrado que a partir de formas que retrotraen al mito y a orígenes ancestrales, resultan en arquitecturas plásticas desde cuyas oquedades parecieran surgir sacerdotes oficiantes de ceremonias dedicadas a deidades de antiguos cultos. Sus invenciones elaboradas a partir de realidades forman parte indefectible del sustrato de un carácter enigmático y misterioso en el que se mezcla lo racional con lo emocional, y esto coloca a Fernando de Szyszlo en la más absoluta contemporaneidad: se trata de la pintura-pintura.

– Bélgica Rodríguez