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Johan Barrios
Johan Barrios - Método - Galería Duque Arango

Johan Barrios

Método

La pintura como escritura de sí

“Jamás encontré una mujer que fuera tan hermosa, como mis figuras de piedra, a una mujer que pudiera permanecer inmóvil durante horas, sin hablarle, como algo necesario que no precisa actuar para ser, que me hiciera olvidar que el tiempo pasa, puesto que ella sigue ahí. Una mujer que se dejara mirar sin sonreír ni ruborizarse, por haber comprendido que la belleza es algo grave. Las mujeres de piedra son más castas que las otras y sobre todo más fieles, sólo que son estériles. No hay fisura por donde pueda introducirse en ellas el placer, la muerte, o el germen del hijo, y por eso son menos frágiles. A veces se rompen y su belleza permanece por entero en cada fragmento del mármol, igual que Dios en todas las cosas, pero nada extraño entra en ellas para hacer que les estalle el corazón. Los seres imperfectos se agitan y se emparejan para complementarse, pero las cosas puramente bellas son solitarias como el dolor del hombre.”

(En Cuentos de la Sixtina. Gherardo Perini.)
Marguerite Yourcenar

*Lucrecia Piedrahita.
Es Museóloga de la Universidad Internacional del Arte, Florencia, Italia. Curadora de Arte/becaria LIPAC Universidad de Buenos Aires, Argentina. Especialista en Periodismo Urbano de la UPB. Especialista en Estudios Políticos en la Universidad Eafit. Actualmente candidata a Magister en Teoría Crítica del 17 Instituto de Estudios Críticos de México, D.F. Es estudiante de Arquitectura de la Facultad de Arquitectura de la UPB. Ha hecho parte del equipo de Visionadores / Curadores de PHOTOESPAÑA. Directora para Latinoamérica de la edición del libro de la Universidad de Chicago: De lo que no se puede hablar. El arte político de Doris Salcedo, escrito por Mieke Bal y publicado por la Universidad Nacional de Colombia, sede Medellín y Formacol.

La imagen-movimiento

Son imágenes que atañen a la poética que posibilita el cine. La acción es irrepetible y fugaz; aparece, en cambio, la ficción poética o mímesis, donde no hay regla de la virtud, sino poiésis interior. Así, la ficción adquirirá un espacio, un tiempo y un escenario propios. En ella no se da un lugar, sino un vacío plástico; en ella los actos no se encadenan sucesivamente, se dan todas inmediatamente o para siempre. El arte, entonces, visibiliza: entrelaza fuerzas puesto que transfiere y simula (mímesis).

El ensayo fílmico aparece como antídoto contra la problemática de representación de la realidad o discurso sobre lo real. El cine es revelador porque pone directamente en relación, porque expresa los asuntos que corresponden con el pensamiento, con el interior de la conciencia. Éste aparece en un momento de la historia de la humanidad, donde el lenguaje ha perdido su valor simbólico y ya no se desea más el mundo de la representación.

En las obras de Gilles Deleuze, La imagen-movimiento y La imagen-tiempo, el filósofo esboza una teoría del cine que «no es sólo “sobre el cine”, sino sobre los conceptos que el suscita, y que están ellos mismos en relación con otros conceptos que corresponden a otras prácticas»
Hay una dimensión mágica irreductible de la imagen, porque está en relación con el deseo, la muerte, la sombra, la inmortalidad. La imagen tiene la potencialidad de extraer diversos sentidos del mundo o de romper con el lenguaje habitual, esto es porque ella no pretende ser una impresión del mundo disponible, sino una manera de develar los otros sentidos del mundo. Es Deleuze quien abre nuevos caminos para la interpretación en el arte, genera ideas y plantea retos que permiten abrir nuevas líneas de reflexión, y redefinir las apuestas filosóficas, políticas y estéticas de la contemporaneidad: habiendo pasado el tiempo de la acción, comienza el de la reflexión. Vamos de la representación a la expresión. Ya no basta la visión monocéntrica para comprender la realidad porque ésta pierde su estatuto de realidad esencial, nos hallamos frente a un espacio híbrido que nos exigen una visión multipolar: miramos con infinitos ojos. El sujeto rompe su unidad, la unidad del punto de vista. El objeto se reconstruye a través de estas múltiples miradas que se interrumpen, que lo cortan, quebrando también su unidad. En una visión contemporánea del mundo hay muchas más miradas, podemos ver más. Esto conduce incluso a ampliar nuestra percepción sobre la realidad, nos implica sensorialmente y nos moviliza como sujetos de experiencia.

Intervalo

La obra del artista Johan Barrios es un universo de imágenes en movimiento cuyo lenguaje descubre rasgos de expresión sonora, visuales sincrónicas o asincrónicas, elementos de acción, gestos y siluetas que atraviesan su pintura como una línea de fuga ascendente que recorre de manera secuencial cada pintura para dar cuenta del significado del intervalo entre imagen e imagen el cual nos ofrece la potencia que cargan las imágenes y su impacto perceptivo que se aloja en la visión de una pintura y la impresión comunicacional que entrega. De esta manera se nos da una imagen técnica, poética y estética que puede ser leída por el -ojo espiritual- de quien observa. El movimiento presente en las obras de Barrios se entiende de acuerdo al concepto deleuziano y es que el movimiento encarna la concepción del tiempo. El énfasis está puesto sobre el movimiento, el movimiento esencial, real, de tal manera que su relación al tiempo no es por vía del espacio, sino de algo más allá del espacio, es decir, el espíritu o la conciencia.

Recorrer visualmente corresponde al acto de pintar y dibujar. Es una manera de fijar la forma en la vista para que después acontezca sobre el lienzo o el papel, es la simultaneidad espaciotemporal de la que habla Aristóteles. Imaginar en el papel es trazar en el pensamiento. Esa fijación o retención, es la condición de posibilidad de la percepción, la antecede. En la obra de Johan Barrios el trazo de la línea permite representar lo invisible (el tiempo) en, –por intermedio de-, el espacio para darle forma presente a una sensación retenida en la mente. Pero ese trazo es a la vez la conciencia misma de lo trazado (el tiempo). El tiempo, entonces, como posibilidad de la retención. La pintura y el dibujo ordenan el pensamiento. Terraplenes de puntos y líneas definen los retratos imperturbables y los paisajes de fuego que arden en la profundidad de las atmósferas que nos ofrece el artista. El movimiento en su obra hace presencia desde las honduras de los espacios en los que se instalan sus personajes. Esa vibración hace equilibrio con la levedad y liviandad de sus cuerpos y con el mismo cuerpo del artista que anuncia su presencia en el cuadro, no de manera expresa sino bajo el sigilo de quien observa para componer desde el silencio y con exactitud las disposiciones de sus personajes. Su cuerpo invisible se equilibra con la gravedad de los personajes representados. Es un mismo espíritu quien ordena estos universos que se observan y ejercen una fuerza visual y una presencia potente para mantener la atención de quien mira y es mirado. Ese campo gravitacional se evidencia también en el rictus de sus personajes y su motricidad suave y lenta que definen las acciones que realizan quienes habitan el espacio que deja de ser pintado para des-aparecer entre el barrido de la línea y el trazo estual de la pintura. La hiperrealidad como veracidad o lo verdadero como posibilidad igualmente engañosa.

De esta manera la obra de Johan Barrios renombra la performance a través de un diálogo enfático, autoreflexivo y crítico: el cuerpo como sujeto y como objeto. Un acto performático deconstruido por interfaces, por intervalos. El implacable dualismo: una performance sin cuerpo Un cuerpo que se expande y que no está sometido a los límites, que reflexiona sobre la acción que es gesto, movimiento, desplazamiento para acercarnos a un proceso de representación conceptual del cuerpo como territorio. Así el tiempo fluido de esta neo-performance se entiende como el mismo proceso de vivir que se completa en las múltiples miradas del espectador, del otro.

Hay en sus personajes una idealización geométrica que subraya la coreografía en movimiento, “Coreografía significa dotar al movimiento de una estructura rítmica contable. Por medio de la cuenta el espacio se relaciona con el tiempo, sea o no sea que el tiempo se articule a la postre con música”. Las obras de Johan Barrios las conecta la precisión y la métrica. Pictogramas, que funcionan como acotaciones escriturales de las propias iconografías del artista y permiten la ordenación del montaje separadamente y conjuntamente en donde el tiempo, como categoría estética, determina su existencia y se acentúa en la imprecisión de los pliegues de la sombra y la superficie que recoge la luz. Unas imágenes que parecen provenir de un cine visual y táctil. Es el filósofo Jacques Derrida para quien el privilegio de lo visible está fundado en el tacto, se refiere al asunto como el “tacto que ve”, lo que introduce una profunda reflexión sobre lo “visible” y lo “invisible”.

En la pintura de Barrios la revaluación de la acción de tocar y del sentido del tacto se aceleran, se reivindica la tactilidad en todo sentido acentuada por el dominio técnico, el manejo del color y un acercamiento minucioso a la gestualidad del cuerpo: cómo se deja caer, cómo sabe estar en silencio y equilibrio, cómo simula la inercia y cómo contiene la respiración. Obras de una textura emotiva y consistente, escenarios sonoros y vacíos que son habitados por los personajes del orden y la serenidad, conforman una corte en donde se enfatiza el hieratismo de los retratos y su belleza grave invoca tanto la presencia como la ausencia.

Esa tactilidad latente en su pintura plantea una nueva sensación de espacio y enfatiza el enigma y la seducción que provoca su obra. Rastro, impresión, traza, huella y al mismo tiempo borradura, fugacidad, instante efímero, nomadismo. La tactilidad también se reivindica en el contrapeso entre la oscuridad y la luz, las sombras diluidas, la superficie que recoge el resplandor para darle una dimensión al sentido de la profundidad… “experimentamos el sentimiento de que el aire en esos lugares encierra una espesura de silencio, que en esa oscuridad reina una serenidad eternamente inalterable.”.

Transfiguración

La fotografía es una estrategia usada por Barrios para hilar espacio en su pintura. El artista interviene la fotografía para luego transfigurarla en el lienzo bajo un estricto ejercicio de composición como factor definitivo de las constituyentes de la imagen. En su proceso la fotografía como recurso modélico mantiene su existencia independiente y deja espacio para la presencia de la pintura. Ambos medios tienen una relación intercambiable y se entrelazan de tal forma que no se les puede discutir por separado. La acción fotográfica es perpetuada por la pintura en donde el ojo del espectador se mueve, se desplaza para reconocer entre los cuerpos la existencia de un paisaje abstracto y el encuadre del objeto que acompaña la escena pero que mantiene su independencia.

La confluencia de pintura, fotografía y escultura es histórica, “una de las esculturas que más influencia han tenido en este siglo, Fuente de Marcel Duchamp (1917), se conoce en versión original sólo a través de las fotografías de Alfred Stieglitz, quien la tomó antes de que se destruyera o se perdiera. Los escultores (también los pintores) han usado la fotografía, desde su invención, para explorar sus propias ideas de la obra y para encauzar la manera en que otros la perciben.”.

En la obra de J. Barrios converge también el dibujo como sistema organizativo en su obra, como recurso propio de la sintaxis del proceso que estimula su producción y la percepción del público hacia el espacio activado por el dibujo mismo y por el tiempo del espectador que interactúa con lo visto. Los dibujos aparecen como documentos que se apilan, se desmontan y recuperan la especificidad de sitio y de tiempo para dialogar con el espacio neutro en el que se exhiben. Todos ellos funcionan como un gabinete de trabajo, una Wunderkammer, en donde los medios recurrentes imprimen una energía estética renovadora y un giro conceptual para abordar su obra. No es un arte de la pura visibilidad, es un arte per se. De ahí la naturaleza interdisciplinar de su trabajo.

La imagen enigmática de su pintura y sus dibujos se evidencia a través de la esencia infra-leve que recorre de manera secuencial todo lo pintado y dibujado. Es ese juego de vínculos en donde se demuestra como lo infraleve. es “seguir las líneas de fragilidad actuales, para llegar a captar lo que es, y cómo lo que es podría dejar de ser lo que es” . Acumulaciones de instantes, breves intervenciones en el tiempo y en el espacio, habitantes cotidianos que se desplazan en el vacío/soporte, imágenes acústicas de las pinturas de Johan Barrios diluyentes en los microsegundos evanescentes de la partida o de lo que no sucederá aún.

Trazas

Desde las vanguardias y las posvanguardias los artistas experimentaron con una nueva condición del espacio. No construyen obras en él o para él sino que hacen espacio. En este sentido, la obra contemporánea de Barrios no se limita al lugar sino que encuentra los equilibrios propios del mismo y sus sistemas de equivalencia formal en su propio hacerse en el espacio. Su obra construye en el espacio para denotar la validez del oficio en la pintura actual vaciando la superficie para cargar la materia de presencia y solidez, de ligereza y masa. Su acento en el proceso, el gesto y el trazo son experiencias inherentes al artista quien valora las relaciones entre espacio y figura y con mayor contundencia al discurso crítico de las prácticas artísticas y las gramáticas de la vida.

La acción en dos planos se desarrolla simultáneamente y genera un contrapunto. Es una pintura absoluta. Los actores se perciben como formas con las que el artista juega en el movimiento mismo del conjunto. Unas formas en tensión-suspensión y gravedad que nos atrapan en su intensa interioridad. El desdoblamiento de la forma y el pulso subyacente que vibra en la escena, valoran la trayectoria de los cuerpos imperturbables, “que recuerda el argumento propuesto por Kleist : como si la gracias y la interioridad se opusieran”. La relación corporal y paralela propone una manera diferente de rehabitar el espacio, experimentar el peso, y la tangibilidad corporal de esta pintura subraya poéticamente la iconografía de las micropolíticas, donde lo personal es lo político. Su lenguaje plástico supera los “modos de hacer” y da respuestas eficaces a las demandas de una estética contemporánea, subrayando uno de los elementos más significativos en su obra: el tiempo/espacio/movimiento.

La historia del arte como expresión que se hace todos los días, señala en su obra un elemento imprescindible para leer la contemporaneidad en términos de ciudad, territorio y pulsos urbanos.

El autorretrato pictórico como escritura de sí

Si la escritura, parece, irremediablemente un acto autobiográfico o, si se prefiere, casi siempre autoreferencial, quisiera plantear el autorretrato pictórico de Johan Barrios como una escritura también.

A través del autorretrato podemos leer al sujeto creador. Como el sueño, la pintura es una escritura en imágenes que puede ser leída, descifrada. A partir de la representación, dice José Luis Brea, “el espacio del autorretrato se abre como territorio de la otredad, de constitución en acto, en puro proceso del yo como fabricado […] en todo acto de visión (tanto más cuanto más protagonizado por un ojo maquinal, técnico) comparece un sujeto-en-proceso, allí mismo inducido –como puro efecto de la retoricidad de la visión.” Autorretratarse es un acto de construcción del sujeto creador. Hay un sujeto-autor, el que crea, que a su vez se transforma en un sujeto-objeto, el representado. En el acto de pintarse a sí mismo, el pintor se construye a sí mismo. El autorretrato es el equivalente visual de la autobiografía escrita.

El autorretrato, como la autobiografía, sería una manifestación de sí a otro, pero también y al mismo tiempo, ante uno mismo. Autorretratarse —o representar a uno– es dialogar con uno mismo, una suerte de relato de uno mismo por que el sujeto que mira no es siempre el mismo, ni el objeto observado se presenta siempre igual.

La obra de Johan Barrios nos hace creer en el arte, exponiéndose a él; atravesando su horror sin sucumbir; creando en medio de la nada, de la imposibilidad, de la experiencia de lo que no ha sido creado, de lo no ocurrido aún; experimentando el peso del mundo y, a la vez, liberándose de él.

– Lucrecia Piedrahita