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Sair García
Sair García - Magdalena - Galería Duque Arango

Sair García

Magdalena

El trabajo de Sair García, como toda obra de arte válida en esta época de fake news y escepticismo, es susceptible a varias aproximaciones, pero, aunque rara vez aparezcan figuras en sus representaciones, es claro que todas ellas se hallan orientadas hacia la consideración de los avatares de la sociedad y del hombre contemporáneo. El protagonista directo de su producción es el río, que ha constituido desde la Grecia antigua la metáfora natural de la vida que fluye y se transforma en un inevitable y continuo proceso de nacimiento y destrucción. Pero, además, se trata del río Magdalena, el río de Colombia, y el contexto en el cual se presenta, así como muchas de las consideraciones que suscita, se extienden más allá de sus riberas conduciendo a reflexionar sobre aspectos de la vida actual y también, al reconocimiento de la agudeza perceptiva del artista, de su logro estético y de su virtuosismo.

El Magdalena, ha sido la principal arteria fluvial del país desde tiempos inmemoriales y en particular desde la Conquista, cuando el consejo que se daba a los españoles que se arriesgaban a venir a estas tierras era, Vayan a la boca del gran rio y penetren en el continente. Y “el gran río” ha sido desde entonces uno de los protagonistas permanentes de la historia de Colombia. Baste recordar que ofreció un recurso extraordinario para que Europa se internara en Suramérica, llegara hasta las cordilleras, se asentara en las montañas, y para que en un bello y recio mestizaje de amerindios, negros y blancos, poblara el territorio nacional especialmente las zonas aledañas a su curso, pero también aquellas más lejanas a las que, de todas maneras, el rio facilitó su acceso.

Por eso es tan difícil observar la obra de García, sin que el observador se transporte aguas abajo, hasta desembocar en la nostalgia, o se traslade, aguas arriba, hasta confluir en introspecciones sobre los aportes del río a la actualidad social, política y cultural del país.

Ese contenido, o esas sugerencias, se transmiten claramente a través de la unión pictórica de realismo y contemporaneidad, una conjunción que han perseguido infructuosamente numerosos artistas, y que ha tenido en su producción uno de los más sobresalientes exponentes. García supo mezclar la naturaleza y la industria, la tradición y lo inesperado, y más importante todavía, supo utilizar esta enriquecedora aleación expresiva de conceptos aparentemente adversarios, como eje de la argumentación que origina sus imágenes.

El Magdalena, su cauce, sus riberas y la agricultura contigua, han sido el principal referente para los contenidos de las pinturas de García, tanto sobe lienzo como sobre metal. En las primeras por la soledad y el silencio infinito que transmiten y que conduce a pensar en la cada vez más aguda incomunicación del individuo en este mundo globalizado e indiferente; y en la otras, en aquellas en las que una superficie acerada o cobriza asume el papel de soporte al tiempo que contribuye al sentido de la imagen, porque tanto el cielo como el río no sólo emiten reflejos que se pueden asimilar, por su intangibilidad, con las visiones, sino que permiten paralelos con la vida misma puesto que adquieren una dimensión misteriosa, profunda, que unas veces se lee como plácida y serena y otras veces como recóndita, enigmática e inclusive peligrosa. En estos últimos casos es evidente el dominio del oficio del pintor que logra que el río corra para donde quiera el observador permitiendo vislumbrar que bajo su mansa apariencia circulan corrientes que pueden ser desestabilizadoras y funestas.

Pues bien, la obra de Sair García impulsa a evocar ambos lados de esta gran paradoja puesto que, si el atractivo de sus imágenes subraya la belleza de la naturaleza, celebra las bondades del agua y remite a los aportes del río a la sociedad colombiana, incita igualmente a mirar al río con ojos contemporáneos, es decir, a ubicarlo en el contexto de la actualidad y en su pertinencia para la sociedad de hoy.

Es por eso que García no sólo propone un arte que atrae por su impecable ejecución, por su atractivo cromático y por el singular logro de su experimento con pigmentos y metales, sino que también motiva a sopesar los valores que la sociedad ha proyectado sobre el Magdalena al evocar con su solo nombre: el dolor y la belleza, la pérdida y la luz, la descomposición y la inocencia.

En ocasiones García se desvía del rumbo del río para internarse fluvialmente en alguno de sus brazos y recodos hasta llegar, inclusive, a la Ciénaga Grande de Santa Marta donde encontró a Nueva Venecia, una población de aproximadamente 2,000 habitantes construida sobre el agua, con casas palafíticas de gran atractivo por los colores fuetes de arraigo popular que ostentan en sus fachadas. Unas canoas o alguna garza sobre viviente de la contaminación complementan el paisaje sereno y multicolor que se refleja en el agua. Pero como en toda su obra, en las pinturas de Nueva Venecia también es imposible no captar aunque sólo sea por un instante, cierto halo de tristeza, ya que los colores vivos y alegres de sus construcciones se reflejan en el agua metálica con esa imprecisión que caracteriza a los recuerdos.

Algunas veces en la orilla opuesta a la del observador y otras veces queriendo introducirse en las aguas del río, se presentan unos platanales cuyas hojas anchas, oblongas y especialmente verdes, además de llamar la atención por la fidelidad atmosférica intertropical en la representación, infunden una infinita gratitud con la naturaleza por su generosidad y su esplendor. En ocasiones, sin embargo, como haciendo uso de una licencia poética, las hojas son rojas, un color que les aporta cierta dosis de surrealismo, pero no porque que parezcan oníricas sino por el contrario, porque parecieran ser (¿o son?) de una variedad extraña pero natural.

Como bien lo advirtió Heráclito mirando un río, el fundamento de todo está en el cambio incesante. Y siguiendo esta línea de pensamiento, el Magdalena de Sair García no sólo tiene historia y hace especial sentido en el mundo actual, sino que puede considerarse como un anuncio de transformaciones futuras en el arte y la sociedad Colombiana, puesto que como bien lo dijo el mismo rio”.

– Eduardo Serrano

LA CASA EN EL AIRE

La historia del arte es la historia de la imagen que queda como testimonio de las derrotas y epopeyas del tiempo. Por eso no es extraño ni mucho menos reprochable que encontremos un repertorio tan extenso de imágenes que violentamente nos restrieguen nuestra condición actual sin piedad, después de todo parecen ser más derrotas que victorias las que por ahora quedan conmemoradas. Nuestro tiempo pasará a ser recordado en imágenes como la era de un drama global en el cual el ser humano es despojado de su territorio por una miríada de motivos que van desde la codicia misma del hombre por la tierra, las fuerzas de la naturaleza sublevadas y desencadenadas, el funesto trato de los dirigentes hacia sus gobernados, o simplemente la intolerancia y esa antigua mala costumbre que tiene la especie humana de catalogar, dividir y marginar al otro. En nuestro constante fracaso para asumirnos humildemente como un simple engranaje de ese todo que es un ecosistema –el ego es sin duda la condena de la especie humana- solo destacamos en una cosa, en la capacidad creadora, en la posibilidad de generar testimonio y en la búsqueda de poéticas que resuelvan con recursividad los embates de la vida.

En la serie Magdalena de Sair García parecen confluir todas estas preocupaciones. Y confluir no puede ser sino la palabra más precisa cuando del rio más grande, más importante y lleno de historia de Colombia se trata.

El simple hecho de nacer en Barrancabermeja, en la rivera del Magdalena Medio, ya da pistas de por qué García opera como un cronista y por qué su mirada no puede desprenderse de la memoria histórica. En ese sitio que fuera alguna vez un pacífico asentamiento de indios yarigüies penetraron los exploradores desde finales del siglo XIX en busca del preciado oro negro. A medida que las máquinas entraban en la región, los pobladores milenarios del lugar fueron desapareciendo, el caserío se convirtió en ciudad, y la prosperidad trajo de la mano de la civilización progreso, prostitución, juego y muerte. Al gran rio fueron a parar los primeros cadáveres de quienes defendieron su territorio –y desde entonces nunca cesarían- , flotando en la dirección contraria de los buques de vapor, los ferris y los barcos que suministraban los derivados del petróleo para sus diferentes usos a lo largo de toda la moderna nación. Para García, nacer allí implica ser parte de esas tensiones históricas donde el territorio adquirió una nueva dimensión, donde el paso del mundo natural al industrial -con todas sus consecuencias afortunadas y desafortunadas -era la mejor opción de éxito y trascendencia de alguna generación humilde, bienintencionada y trabajadora.

Ya extensamente se ha escrito sobre el protagonismo del rio Magdalena en la obra de García, el mismo que adopta el nombre de la mujer cuyo llanto acompaña la Pasión de Cristo, y cuyo nombre, al pasar a ser analogía del lamento, se convirtió por extensión en una poética licencia que se dieron los españoles para relacionar la caudalosa vía de acceso al interior del continente con la desbordada tristeza de la discípula de Cristo que llora su ausencia. No deja por tanto de ser un abrumador sino de su título el que el nombre del río remita al duelo, a la violencia y a la resignación, una carga histórica que el Magdalena se ha tomado en serio siendo testigo mudo de la muerte que lo ha navegado. Pero hay que hacer la aclaración, la obra de García convive con esa paradoja de una rivera con una memoria histórica funesta pero a su vez con una marcada carga cultural, folclórica y humana que en sus imágenes es celebrada con una implícita referencia a la vida. No solo las derrotas están registradas en la obra de García.

Lo arquitectónico es en mi parecer el elemento más intrigante y apasionante de su obra. La ambigüedad del Magdalena –vida y muerte, riqueza y pobreza, realidad y ficción, progreso y retardo, maravilla y precariedad- cobran sentido en la presencia de los palafitos, esas construcciones arcaicas y sin embargo oníricas que los pobladores de la Ciénaga Grande, pescadores innatos, levantaron sobre el caudal del rio. Uno de estos asentamientos, con el nombre de Nueva Venecia, como asumiendo el sueño de asemejarse a la ciudad que emerge sobre el Adriático, es una población flotante que desconcierta ante su innegable poética de suspenderse a solo unos metros de una corriente que está en perpetuo movimiento. No hay quietud ni silencio pleno, el tiempo de un novoveneciano transcurre en una sempiterno dinamismo donde alimento, vida y resguardo son uno solo, como tratándose de una retadora e inteligente propuesta de ser dueño del territorio sin que este sea estático sino que siempre es evanescente, fluctuante y veloz. Es en esa calidad de velocidad y movimiento donde el reflejo del metal en la obra de García nos presenta una alegoría a esa mirada de la vida que no se detiene. Las fotografías de las obras no le hacen justicia porque frente a sus obras la mirada se pierde en el movimiento del reflejo, que a su vez le da la impresión del transcurso constante de las aguas. En las fotografías el reflejo no solo se detiene y se aplana, sino que se desenfoca. Un espectador que conozca la obra de Sair García por las imágenes que se publican en la prensa o en los catálogos de sus exposiciones se lleva una impresión incompleta. Como si nuevamente lo natural y lo industrial no pudieran desasociarse, el agua del rio se convierte en presencia y no en representación gracias al metal que lo complementa. Y esa audaz selección del material llega a su máxima expresión cuando García replica las casas como maquetas arquitectónicas, palafitos que se sostienen sobre un brillante pedestal dorado causando reminiscencias del atardecer sobre el rio. El ejercicio, entre lo escultórico de su arcaica y onírica presencia, y lo pictórico de su alegre colorido trae a nuestra presencia esas casas que flotan sobre la Ciénaga.

En cualquier caso, y a pesar de su poética, es evidentemente que ni la construcción real ni el ejercicio escultórico de García se sostienen precisamente levitando como lo describe el legendario vallenato de Rafael Escalona escrito no muy lejos de allí: “Te voy a hacer una casa en el aire solamente pa’ que vivas tú…”. El principio básico de esta arquitectura la hace suspenderse en mínimo cuatro soportes que tienen su base directamente en el fondo inestable del agua. Las condiciones de habitabilidad producen las variables de dimensiones, bases y fundamentos, estructura y ornamentación. Ante mayor número de habitantes mayor dimensión y por ende, mayor cantidad de soportes. El pescador-habitante-arquitecto es por principio un recursivo creador y acude a la síntesis para suplir las necesidades básicas: privacidad y resguardo. La naturaleza le provee del mangle, la madera que emerge firme del agua y que por sus características de dureza y capacidad de soportar la constante humedad es perfecta para la estructura, y el toque final es un colorido, distintivo e identitario maquillaje de las fachadas, que a su vez se convertirá en la distinción de las demás y por tanto en la nomenclatura básica de dirección. Aunque toda esta descripción pueda parecer a nuestras mentes como una recursiva invención reciente ante el desplazamiento que reta la jurisdicción de la territorialidad, los registros de su existencia se remontan hasta 1847 cuando ya se testimonia la existencia de alguna de las tres poblaciones palafíticas de la Ciénaga del Magdalena. La poética resolución de los pescadores desplazados de sus tierras fue plantarse directamente sobre el rio, sobre su fuente de comida y trabajo, donde no podían ser desterrados nuevamente si por tratarse de tierra fuera el problema. Este es el trasfondo, la poética de la supervivencia, la resolución del aldeano y el problema humano que la obra de García aborda. Y subyacen a esta numerosas más complicaciones que amenazan constantemente su condición de vida. El ecosistema que le da amable hospedaje y comida peligra ante la codicia individual, que altera el paisaje para sacar ventajas de este sin importar la repercusión que estas acciones tengan en el entorno. La construcción ilegal de diques para dirigir artificialmente el agua a emporios industriales, ganaderías o complejos agrícolas dejan sus estragos rio abajo, la flora y la fauna pierden su equilibrio y desaparecen.

García como cronista es observador, narrador, artífice y doliente de esta violenta historia del país, que nos ha costado la vida de nuestros hermanos –uno suyo y uno mío, una trágica coincidencia que comparto con él- y que inevitablemente marca su necesidad de creación, y además, revela el origen de su deber por testimoniar una realidad paralela que escondida entre la espesa geografía no es invisible para sus ojos.

– Christian Padilla