Para ARTBO 2026, Galería Duque Arango reúne 16 obras que buscan sostener una conversación entre dos generaciones. De un lado, cinco figuras que fijaron los términos del arte moderno latinoamericano: Olga de Amaral, Fernando Botero, Alejandro Obregón, David Manzur y Ana Mercedes Hoyos. Del otro, tres prácticas contemporáneas: Alejandra Aristizábal, Ariel Cabrera y Gustavo Vélez, quienes trabajan desde esa herencia sin repetirla. Lo que une a estos artistas es su decisión sobre la materia sostenida por el trabajo de la mano.
Los términos heredados
Olga de Amaral (Bogotá, 1932) llevó el tejido fuera del muro y lo convirtió en estructura. En Estudio (2017), un políptico de siete paneles en lino, gesso, acrílico y hoja de oro, la superficie deja de ser soporte para volverse arquitectura y luz; Minuta II (2015) condensa esa misma investigación en el formato de una página. El oro, aplicado como material y no como color, reaparecerá más adelante en la sala.
Fernando Botero (Colombia, 1932 – Mónaco, 2023) está presente en sus tres registros. Rosalba (1969) fija el volumen en el óleo; Woman (1993) lo traslada al carboncillo, el grafito y el pastel, donde la línea sola debe cargar con el peso del cuerpo; Hand (1976), fundida en bronce en Pietrasanta, convierte la mano —el instrumento del oficio— en tema.
Alejandro Obregón (1920–1992) aparece con dos aproximaciones al bestiario del Caribe: Sortilegio de luna (1985), en acrílico, y Barracuda (1988), un ensamble de madera y metal que saca la pintura de su plano. David Manzur (Colombia, 1929) sostiene la tradición clásica desde el presente: Dama de piedra (2023) suma collage al acrílico, y San Jorge, don Jorge y la doncella (1996) reduce el motivo ecuestre a carboncillo y pastel sobre papel. Ana Mercedes Hoyos (1942–2014) cierra este grupo con Melón (2001), donde el bodegón se vuelve ejercicio de color y geometría, y Milagros (2013), en bronce, donde la cultura afrocolombiana pasa del plano al espacio.
La herencia en uso
Las prácticas contemporáneas de la selección no citan a estos maestros: continúan sus preguntas con otros materiales. Alejandra Aristizábal (Manizales, Colombia, 1987) trabaja el fique y el cobre en Quiet bloom (2025) y Veins of earth(2025); la fibra vegetal andina y el metal prolongan la lógica de Amaral —el textil como cuerpo y no como imagen— y la anclan en el territorio.
Gustavo Vélez (Colombia, 1975) talla Grieta en movimiento II (2024) en mármol estatuario de Carrara y oro. La pieza dialoga a la vez con la escultura clásica y con el oro de Amaral: dos maneras de que un material asociado al valor se ponga al servicio de la forma y del movimiento.
Ariel Cabrera (Camagüey, Cuba, 1982) pinta Encuentro en el multiverso (2024) y una obra Sin título del mismo año con una atención a la luz tropical y a la textura que lo emparenta con Obregón, aunque su asunto sea otro: la historia contada desde sus escenas menores, sin pose oficial.
El hilo
Recorrida entera, la selección deja ver lo que la sostiene. El oro, como material y no como color, en Amaral y en Vélez; el bronce en Botero y en Hoyos; la fibra en Amaral y en Aristizábal; la mano, literal en Hand y presente en cada superficie trabajada. Entre una generación y otra no hay ruptura sino relevo: los materiales asociados al valor y a la permanencia —oro, bronce, mármol, fibra— siguen puestos al servicio de la forma. La propuesta de la galería para ARTBO es también una afirmación sobre el arte latinoamericano: su modernidad se construyó sobre el oficio, y ahí continúa. La conversación completa está en sala durante la feria.

