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OSWALDO GUAYASAMÍN

Oswaldo Guayasamin - Cabeza, CA 1970 - Galería Duque Arango

OSWALDO GUAYASAMÍN

La presente exhibición es un ejemplo de la producción pictórica del maestro ecuatoriano Oswaldo Guayasamín quien no solo es el artista más visible de ese país durante el siglo XX, sino uno de los artistas latinoamericanos más destacados. Su abundante obra se materializó por múltiples medios que incluyen no solamente la pintura sino mural, escultura, dibujo, obra gráfica, joyería y concepciones arquitectónicas. El artista pudo desarrollar y proyectar su obra a lo largo de seis décadas en distintos continentes consiguiendo atraer la atención de su particular expresionismo figurativo y su evidente conciencia social.

La propuesta de Guayasamín además de ser autorreferencial recoge la tradición de los expresionismos históricos, del Picasso de los años treinta sobre todo en el Guernica y sus derivados, pero preponderantemente de todas las apuestas que se estaban produciendo en Latinoamérica en las primeras décadas del siglo XX. Su formación profesional se inicia en 1935 en la Escuela de Bellas Artes de Quito donde después de siete años de formación recibió el título de pintor y escultor en 1941. Durante esa etapa de conocimiento académico coincide con el mayor auge de la Escuela Indigenista, corriente que sería de gran impacto para el joven Guayasamín que estaba saliendo de la adolescencia.

Pero el indigenismo no era más que un nuevo ismo latinoamericano que como su nombre lo indica deseaba visibilizar las comunidades nativas que ahora estaban coexistiendo no solo en sociedades que conservaban vestimentas, ritos, costumbres y una cultura particular sino que también formaban parte de un campesinado que se ocupaba de trabajar la tierra y crianza de distintos animales, además de aquellos que venidos a los centros urbanos se ubicaban generalmente en la periferia de las ciudades. Cuando Guayasamín se prepara para su primera exhibición individual en Quito después de haberse graduado pretende representar a los indígenas y su marginalidad, ese argumento además lo va a expresar a través de una figuración modernista que será su aporte a las artes visuales latinoamericanas. Pero el indigenismo tuvo sus antecedentes libertarios en México desde 1910 cuando se organizó una exhibición en la cual participaron 50 pintores entre ellos el doctor Atl (agua en náhualt) seudónimo de Gerardo Murrillo y José Clemente Orozco. Al final de ese año estalló la revolución agraria. Habría que recordar asimismo en Brasil a la Semana de Arte Moderno de Sao Paulo celebrada en 1922 y el Manifiesto Regionalista de Recife producido en 1926. En La Habana el artista Víctor Manuel organiza la rebelión contra la academia de San Alejandro en 1924, sobre todo por los admiradores de Diego Rivera. Esta actitud encontraría eco en la Revista de Avance fundada en 1927 por Jorge Mañach y otros poetas. En Montevideo Joaquín Torres García lideraría un taller para materializar su pensamiento consignado en su obra: “Universalismo constructivo, contribución a la unificación del arte y de la cultura de América”. En Buenos Aires se produjeron apuestas por los lenguajes de la modernidad como lo demuestran los trabajos de Petorutti, Spilimbergo y Raquel Forner.

Pero detengámonos en el muralismo mexicano que sería determinante para el joven Guayasamín definiera su estilo y su mensaje. Después de su primera exhibición en la capital ecuatoriana viaja a México y puede tener la vivencia directa de este movimiento. Allí entra en contacto con Orozco quien le permite asistirlo en sus proyectos, lo cual sería crucial en la producción de Guayasamín quien no solo se deja influir por su estilo sino por su pensamiento crítico. Orozco trabaja primero en la caricatura política de la cual hará una exposición memorable en 1916 donde se podían observar personajes que representaban lo más decadente de la sociedad. De allí se desprende su peculiar expresionismo que pareció culminar en el mural de la Escuela Nacional Preparatoria con la trinidad: Campesinos, obreros y soldados pintados en 1923. Como se sabe Orozco hace parte de la trilogía de los grandes conformada también por Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros, este último redactaría un texto importante que marcaría la ideología de los muralistas: “Declaración social, política y estética” producido en el seno del sindicato de trabajadores, técnicos, pintores y escultores. El muralismo mexicano fue el ismo más importante e influyente en el arte latinoamericano moderno e inspiraría el indigenismo en Suramérica.

Entre lo más sobresaliente del indigenismo en América del Sur habría que nombrar a José Sabogal en Perú quien estando al frente de la Escuela de Bellas Artes desde 1933 abogó por una expresión vernácula no solo en la producción de su propia obra sino en la de los profesores como Julia Codesido, Camilo Blas, Teresa Carvallo y Ricardo Flores. En Bolivia, Roberto Besdecio influenciado por Siqueiros, Arturo Borda y Cecilio Guzmán quien tuvo un desempeño similar a Sabogal. En Colombia Luis Alberto Acuña y Pedro Nel Gómez estuvieron entusiasmados por lo vernáculo y el segundo de estos se convirtió en el gran muralista de su generación. En Ecuador el indigenismo también nació como una actitud de rebeldía, habría que citar el Salón de Mayo de 1939 del Sindicato de Artistas y Escritores de Ecuador. Entre los artistas que se unieron destacaría a Eduardo Kingman, Manuel Rendón quien describió los tipos de Cuenca y a Diógenes Paredes que desarrolló el tema de la vida trágica del indio. Guayasamín no solo se incorporó a la tendencia sino que se convertiría en el artista superlativo del Ecuador y en el referente más internacional de esta tendencia que trascendería su época.

Guayasamín se preocupó por tener una formación integral que lo llevó no solo a la mencionada estancia en México sino en Estados Unidos que visitó en 1943 por espacio de siete meses conociendo museos y sorprendiéndose con los grandes maestros, entre ellos El Greco y Goya, entre sus predilectos. Asimismo, habría que citar su amistad con Pablo Neruda y el largo viaje por Chile, Perú, Argentina, Bolivia y Uruguay, lugares donde tomó apuntes para su gran serie Huacayñán que traduce Camino del Llanto, compuesta por más de cien telas en torno no solo al indio sino al negro y al mestizo en América. Muchas de estas obras se mostraron por primera vez en el Museo de Arte Colonial en Quito en 1952. Luego se ofrecieron en la Unión Panamericana en Washington y en la III Bienal de Arte en Barcelona, donde se le concedió el Gran Premio en Pintura. Años después, en 1957, recibiría el galardón como el mejor pintor de Suramérica en la Bienal de Sao Paulo. De esta primera época citaría cuatro piezas muy significativas. “Los trabajadores” que con una estética mexicanista aborda el tema del campesinado representando a seis personas que portan elementos de trabajo como picas y azadones. “Flagelamiento” recoge la influencia directa de Orozco, no solo en temática sino en composición y cromatismo. Su autorretrato de 1950 enseña el rostro del artista en primer plano y dos figuras atrás que lo acompañan. Presenta un interés tanto por lo monumental como por lo vernáculo. “Madre y niño” de 1953 es una composición vertical que perfila las soluciones formales que acompañarán su producción futura. El infante se ofrece de cuerpo entero sostenido por su progenitora. El rosa y el sepia le dan un especial cromatismo a esta maternidad. Otra gran serie que Guayasamín trabajó por varios años fue La Edad de la Ira que en su totalidad alcanza el número de 260 obras. En ella se destacan las propuestas sobre manos, cabezas, rostros de hombres, campos de concentración, mujeres llorando. El drama y la tragedia del hombre parecían ser los móviles mayores para estas obras potentes, conmovedoras y destinadas a no dejar indiferente a la conciencia del espectador. El artista consideraba que esta serie estaban sin concluir puesto que la violencia e injusticia no habían terminado.

La serie La Edad de la Ira ha sido considerada uno de los más importantes manifiestos políticos a través de la plástica en la segunda mitad del siglo XX. En ella hay además de ira, llanto, angustia, miedo y cabezas de la montaña auyante. Allí se expresa no solo un mundo físico deformado y caricaturizado, sino una alegoría a la violencia moral, al ámbito del sufrimiento, la opresión, en seres atormentados, premonitorios del deterioro, la orfandad y la muerte.

La Edad de la Ira tuvo un amplio recorrido. Algo de ella vino a Cali al inicio de los años sesenta con motivo del Festival del Arte donde uno de los lienzos fue adquirido. Ocasión donde hizo los retratos de Enrique Buenaventura el dramaturgo y teórico teatral y de Fanny Mickey la actriz y organizadora del evento. Ambas obras se conservan en Colombia. Pero la visibilidad mayor fue cuando presentó esta serie en grande en 1968 en ciudad de México en el Museo de Bellas Artes, luego obras de este conjunto estuvieron en distintos lugares hegemónicos como el Palacio de la Virreina en Barcelona, las galerías nacionales de Praga y el Museo de Arte Moderno de París. Creo que esta serie cimentó su prestigio y es la señal más evidente de la madurez de su peculiar estilo.

Produjo una serie abiertamente política como Reunión en el Pentágono. Son figuras masculinas representadas de medio cuerpo, donde los rostros y las manos se roban el protagonismo. En una de estas imágenes aparece un militar que ostenta un tocado que lo delata. Esta serie estuvo motivada por los sucesos de la guerra civil española así como por los campos de concentración nazi. Ese interés en los sucesos políticos se manifiesta también en obras de 1978 denominadas “La muerte del Che”, y que se refieren al asesinato del héroe guerrillero Ernesto Guevara en la selva de Bolivia. En ellas no se presenta al personaje sino al dolor que causó su deceso a través de rostros de mujeres. Unas llorando y las otras expectantes. El cromatismo elegido fue el gris, blanco y negro.

La década del setenta fue muy significativa para su trayectoria. En 1973 fue nombrado vicepresidente y luego presidente de la Casa de la Cultura en Quito, esto le permitió desarrollar un amplio programa de difusión cultural. En 1974 recibió la condecoración del gobierno de Francia que por primera vez se otorgaba a un artista latinoamericano. En 1977 el Ministerio de Relaciones Exteriores de Ecuador organiza una retrospectiva de su obra que se presentó en Quito y luego viajó por varias ciudades de España. Posteriormente, se le encargó el mural que adorna el aeropuerto de Madrid. Por esa época lo visité en su casa donde lo pude entrevistar y admirar no solo su obra sino su valiosa colección de arte precolombino y colonial que él coleccionó a través del tiempo. Tenía una personalidad vivaz, buen trato y se percibía orgulloso y seguro de sí mismo. Recordó su estancia en Cali y sus otras visitas a Colombia.

En esta década de los setenta produjo importantes series de pinturas entre ellas “Mujeres llorando”. Son rostros conmovedores que hablan del dolor y desesperanza. Con colores fúnebres como el negro y gris podemos ver no solo sus rostros angustiados sino manos implorantes. Aunque en una de las pinturas emerge una cabeza enlutada como único motivo composicional.Ilustrando su argumentación en torno al dolor y la miseria en un siglo atravesado por las guerras mundiales, civiles, militarismo, genocidios, campos de concentración, dictaduras y torturas. En ese sentido, la serie “El Grito”, igualmente pinturas denominadas “Desesperados” donde los largos brazos de los personajes se vuelven protagónicos y el color acentúa los rasgos en blanco, gris, negro y azul. Se producen también obras bajo el título de “La Espera” donde los cuerpos de los personajes se ofrecen en distintas composiciones incluida un hombre boca abajo que enseña sus brazos y costillas, también cuadros donde se pueden ver representaciones masculinas con brazos implorantes y entre sus piernas el sexo.

Pero la ilustración del horror también le dio espacio a la compasión. Pensó no solo en su madre sino en todas las otras del mundo. Esta última gran serie se conoce como “Mientras viva siempre te recuerdo” y también es llamada “La edad de la ternura”. Entre ellas: “Niña Llorando”, “Madre y niño”, “Ternura”, “Los amantes”.

También produjo composiciones atípicas resueltas horizontalmente. Las caras se funden y se resuelven en colores como el rosado, ocre, sepia y gris, conservando su acostumbrado expresionismo.

A lo largo de su carrera Guayasamín realizó 48 exhibiciones en solitario y su producción fue nutrida y diversificada. Entre los murales más notables están los de Quito en los palacios de Gobierno y Legislativo, Universidad Central y Consejo Provincial. En París en la sede de la Unesco, en Caracas y el mencionado del aeropuerto de Madrid. También hizo retratos de sus amigos y celebridades como Pablo Neruda, Fidel Castro, Paco de Lucía, François Miterrand, Gabriel García Márquez, Mercedes Sosa, Rigoberta Manchú, Silvio Rodríguez, El rey Juan Carlos de Borbón y la princesa Carolina de Monaco, entre otros. En 1976 se creó la “Fundación Guayasamín” en Quito para la cual el artista y su familia cedieron sus distintas colecciones a fin de preservar el patrimonio. Esa fundación hoy tiene dos extensiones: la Casa Museo Guayasamín en Cáceres, España y la Casa Museo Guayasamín en La Habana. Pero a partir de1995 se inició su proyecto más importante, el espacio arquitectónico denominado “La Capilla del hombre”. Cuando el artista falleció repentinamente en Baltimore en 1999 todavía no estaba terminado, obra que después se llevará a feliz término. El había nacido en Quito en 1919. Hoy es un lugar impactante, con una colección de obras soberbias en gran formato que dan cuenta de la trascendencia de su legado. Decíamos al principio que la obra de Oswaldo Guayasamín era autorreferencial. Efectivamente su inicial indigenismo proviene de sus orígenes, con un padre de origen kichwa y una madre mestiza. La familia de diez hijos de los cuales Oswaldo era el mayor conoció las necesidades y la pobreza. Esa experiencia de raza y carencia marcaría su obra así como el hecho que un gran amigo Manjarrés muriera en una manifestación política en la “Guerra de los cuatro días” un levantamiento cívico militar contra Neftalí Bonifaz. La muerte de su amigo después daría como resultado una serie titulada: “Los niños muertos”.

En la presente exhibición se puede apreciar una escena campesina fechada en 1947, igualmente representaciones de figuras humanas características de su peculiar expresionismo, al tiempo que hay ejemplos de paisajes y bodegones, otro tema que el artista trató con su particular estilo. En el nuevo milenio la sociedad humana continúa estremecida por un número creciente de acontecimientos dramáticos y las desigualdades parecen cada vez más radicalizarse. Seguramente eso hace que la obra contestataria de Guayasamín pueda seguir vigente y conmoviendo.

Escrito por: Miguel González