Esporas reúne la producción más reciente de Manuela Echeverri, artista colombiana cuya práctica ha encontrado en el dibujo un territorio fértil para pensar la vida, el territorio y la potencia transformadora de la infancia. La exposición, que articula dibujos en carboncillo, ensamble y escultura relacional, despliega un mapa sensible de memorias, saberes y desafíos sociopolíticos en lugares como Cartagena, Necoclí, La Guajira, Tumaco y el Amazonas. En este entramado, los rostros infantiles – precisos, luminosos, cargados de silencios expresivos-, son semillas que condensan la historia, las tensiones y la resistencia de cada territorio.
Echeverri retoma el dibujo como lenguaje autónomo, heredero de una larga tradición que, desde la prehistoria hasta las búsquedas contemporáneas, ha configurado modos de observar, pensar y existir en el mundo. Sin embargo, su aproximación se distancia de la mímesis estricta para situar en primer plano la dimensión humana y relacional que emerge en la intimidad del trazo. El carboncillo —material primigenio y a la vez íntimo— funciona aquí como un puente entre la artista, los sujetos representados y el espectador: un medio directo, accesible, que recupera la experiencia de la infancia como territorio universal de creación, pero también como espacio desde el cual se narran historias que rara vez ocupan el centro del relato nacional.
Cada retrato incorpora elementos indiciales —animales, objetos, semillas, gestos cotidianos— que amplían la lectura del dibujo más allá de su impecable factura técnica. Las niñas de Cartagena, radiantes y serenas en medio de un paisaje urbano atravesado por profundas desigualdades; los infantes de Necoclí cargando cacao, símbolo de una región que ha transformado su economía y sus futuros posibles; los niños de Tumaco y La Guajira, firmes y afectuosos pese a la violencia y el abandono que marca sus contextos; o los pequeños del Amazonas, acompañados por especies que revelan tensiones ecológicas globales: todos ellos dialogan entre sí en un tejido plural que evidencia cómo la infancia contiene, en su aparente fragilidad, una fuerza cultural y simbólica decisiva.
A este corpus se suma una escultura en metal que, inspirada en la nervadura de hojas amazónicas, adopta la forma de un corazón. Su interior perforado, recorrido por la luz, funciona como una metáfora del organismo vivo que es la humanidad: un cuerpo compuesto por múltiples singularidades que se sostienen entre sí. La liviandad óptica de la pieza —pese a la dureza del material— remite a la persistencia de la vida y a los ciclos que renuevan aquello que parece extinguirse, a lo que muere para rebrotar.
Finalmente, ConRazón, escultura intervenible, prolonga la potencia relacional del proyecto. En ella, la activación se da con la escritura de quienes circundan la obra, convirtiéndola en un espacio de resonancia colectiva donde se yuxtaponen voces, afectos, sueños y reflexiones. En ese sentido, la pieza deja de ser un objeto concluido para convertirse en un organismo en expansión; en sintonía con la noción de “esporas”, los gestos se dispersan, germinan y transforman el entorno.
Esporas es, en última instancia, un llamado a reconocer la profunda interdependencia que nos constituye. Los dibujos, las esculturas y las intervenciones plantean una reflexión que atraviesa lo humano y lo territorial: somos parte de una red viva que palpita a múltiples ritmos, y en cada niño —en cada semilla cultural— se resguarda la posibilidad de reinventar nuestras formas de coexistencia. En ese sentido, la exposición no solo celebra la diversidad, sino que propone un ejercicio de escucha y de cuidado que nos invita a mirar, desde otro lugar, aquello que sostiene la incansable continuidad de la vida.
Créditos al autor: Miguel González – Curador y crítico de arte.